La Seguridad en el Mediterráneo: los retos medioambientales en el Magreb y su impacto en los flujos migratorios

Marta Fernández Pena

Existen numerosos desafíos para la seguridad de los países del Mediterráneo que se ven exacerbados por el cambio climático que se está produciendo a nivel global. El aumento de las temperaturas, el descenso de las precipitaciones y, por lo tanto, de las reservas de agua, o la disminución de recursos energéticos tienen consecuencias notables en la seguridad de la región. A lo largo de las siguientes páginas se analizará el impacto que tiene sobre la seguridad alimentaria y las migraciones.

El análisis multifactorial que se va a llevar a cabo aspira a identificar las amenazas medioambientales en la región para demostrar que el cambio climático ya está teniendo consecuencias en el Mediterráneo, tanto a nivel físico y de los ecosistemas, como impactos en los modelos de sociedad y económicos existentes. Los impactos (reales o potenciales) derivados del cambio climático, se traducen en movimientos y flujos poblacionales que desestabilizan los modelos de sociedad imperante hasta el momento (rural y urbano) e incrementan la presión sobre los recursos existentes (que son más escasos). Por último, todas estas amenazas del Magreb impactan en la UE que ha visto cómo los migrantes africanos están buscando perspectivas de futuro en suelo europeo y quieren llegar a él a toda costa.

Seguridad Medioambiental: el cambio climático y su impacto en la región mediterránea

El concepto de seguridad medioambiental sigue sin encontrar una definición ampliamente aceptada por los diferentes actores del panorama internacional. Este desacuerdo conceptual se hace evidente en la región euro-mediterránea, donde sigue sin encontrarse una definición común a pesar de los esfuerzos, por ejemplo de la Unión Europea, por armonizar las políticas internas de sus miembros en este sentido . Tras algunos años de debate, existe una aceptación general en cuanto a que el medioambiente y la seguridad sí deben entenderse como dos áreas solapadas, aunque siguen sin ser un aspecto prioritario en la región2¡ . A continuación, se expone un breve análisis sobre los factores medioambientales en la región, y más concretamente para el Magreb, que se entienden como amenazas a la seguridad.

En 1997, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) presentó un informe en el que se entendía que el cambio climático potenciaba los riesgos de la región mediterránea debido a la sensibilidad de los recursos hídricos ante este fenómeno. Así pues, este informe daba pie a profundizar en las investigaciones sobre las consecuencias del cambio climático en torno a los 6 sectores más vulnerables en el Magreb: los recursos hídricos, los recursos naturales y la biodiversidad, los asentamientos humanos e infraestructuras, la salud, la desertización y la seguridad alimentaria. Para poder llevar a cabo este análisis es necesario, en primer lugar se atenderán a las características geográficas y climáticas por un lado y a las características socioeconómica, geopolíticas y demográficas, por otro, ya que éstas proporcionarán la información necesaria para poder elaborar los potenciales escenarios futuros sobre el efecto del cambio climático en la región.

Para empezar, cabe destacar que la temperatura media anual del Mediterráneo se encuentra 1,5 ° C por encima de los niveles de finales del siglo XIX y 0,4 ° C por encima de la media global y las predicciones de los expertos prevén que esta subida de las temperaturas incremente como los escenario realizados por el CIRCE, prevén que las temperaturas suban entre 1-1,5ºC en invierno y entre 1,75-2ºC en verano. Por otro lado, la OMM anunció en 2019 que el incremento medio respecto a la época preindustrial era ya de 1,1 grados centígrados. Mientras que los escenarios tomados por Marquina (son de 2003 y ya se anuncian como “optimistas”) prevén un incremento de 0,2ºC cada 10 años, el mismo organismo cree que en 2019 será de 0,2ºC cada lustro. Estos ascensos de la temperatura provocarían que la región esté expuesta a sequías, olas de calor o incendios forestales (es decir, fenómenos meteorológicos extremos) y a la degradación del suelo, los alimentos y el agua, que se padecerá más países como Argelia o Marruecos, especialmente durante las estaciones cálidas. También el ciclo del agua ha sufrido significativas modificaciones durante los últimos años a causa del descenso en el nivel de precipitaciones, hecho que es notable en el Magreb (según el informe del IPCC de 2014). Todos estos cambios tienen unos impactos preocupantes tanto físicos y sobre los sistemas naturales, como sobre los sistemas humanos de la región.

En cuanto a los impactos físicos cabe destacar el avance en la desertización de los territorios de los países del Magreb (se calcula de el 57% del territorio del Norte de África está amenazado por este fenómeno) siendo Libia el país con mayor amenaza y seguido por Marruecos y Túnez. La desertización disminuirá la cantidad de agua disponible (un grave problema que se atenderá en breve) y conllevará pérdidas en la biodiversidad y se verá agravado por las prácticas forestales agresivas. Todo ello tiene consecuencias en la configuración sociodemográfica de los países promoviendo un éxodo rural que incrementa la presión en las zonas costeras. Otro hecho que preocupa en la región es la subida del nivel del mar a causa del deshielo de los polos que amenaza a las zonas costeras y a los deltas (como el del Nilo), donde se encuentran la mayor parte de las tierras cultivables y los grandes núcleos urbanos de estos países y que afectaría considerablemente a su economía. Tanto la desertización como la subida del nivel del mar, consecuencia de condiciones climáticas extremas, irán acompañados de una pérdida de los ecosistemas terrestres y marinos incrementando hasta un 40% el riesgo de extinción de un gran número de especies. Así pues, con estos fenómenos incidiendo impactando en los desiertos, ríos y zonas costeras afectan a los sistemas humanos de las zonas rurales y urbanas, comprometiendo su estabilidad económica, social y política. La agricultura es uno de los sectores más vulnerables ante estos cambios en los ecosistemas cuya afectación implicaría la pérdida de medios de vida humanos, pudiendo desencadenar, además del éxodo rural ya mencionado, migración forzada y conflicto violento.

El problema del impacto de los recursos hídricos

Una de las mayores vulnerabilidades de la región mediterránea, agravada por las consecuencias del cambio climático observadas anteriormente, es la disponibilidad y el acceso al agua. Aunque en el Mediterráneo vive un 7,3% de la población mundial, en este territorio sólo se concentra el 3% de las fuentes de agua dulce del globo. Esta escasez de los recursos de agua está comprendida como un potenciador de los conflictos en la región y, por lo tanto, los gobiernos de estos países necesitan invertir en tecnología y logística para el óptimo almacenamiento y suministro de agua. Uno de los principales retos a los que se enfrenta la región para hacer frente a la escasez de agua es el rápido crecimiento de su población, incrementando la demanda (un crecimiento del 2% anual) y su concentración en núcleos urbanos, aumentando la presión sobre los recursos disponibles, ya de por sí escasos, y erosionando la infraestructura hídrica que los gobiernos deberán preservar (se calcula que en el año 2050, 400 millones de personas vivirán en ciudades en la región MENA).

Además de los retos demográficos, otra consecuencia de la disminución de recursos de agua será la alteración en la estructura económica, ya que la agricultura es el sector principal en la mayoría de los países de la región MENA y es esta actividad la que mayor porcentaje de agua requiere (un 67% del total en la media mundial e incrementándose al 79% del agua total disponible de Marruecos, Túnez y Libia). Así pues, como la mayoría de los países MENA sufren estrés hídrico, éste se ve agravado por el cambio climático y tiene consecuencias importantes en la disponibilidad y en la producción de alimentos . Si a esto se le suma la proyección demográfica explicada anteriormente, el acceso a agua potable para la agricultura disminuirá y esto podría tener graves consecuencias en la oferta de alimentos para la población.

Para acabar este apartado y poder entender mejor qué consecuencias tiene la falta de agua en los países del Mediterráneo, se va a atender brevemente al caso de Egipto, que ha llamado la atención internacional debido a la polémica en torno a la construcción de la Gran Presa del Renacimiento de Etiopía. Esta presa, que empezó a construir Etiopía en el año 2011, cuando se llene por completo, disminuirá en un 25% el agua disponible en Egipto y exacerbará los desafíos internos: tanto el veloz crecimiento demográfico, como los costos de los subsidios gubernamentales, ligado a una infraestructura deficiente que malgasta agua así como la abundancia de prácticas contaminantes, se verán todos ellos afectados. Para paliar estas consecuencias y evitar un conflicto regional, en 2015, Egipto, Etiopía y Sudán firmaron la Declaración de Jartum, que promovía un enfoque regional liderado por Egipto para asegurar la buena gestión de la presa y de las consecuencias del cambio climático (como la escasez de recursos hídricos). En el siguiente apartado, se atenderá más detenidamente a qué consecuencias tiene la construcción de la presa en la agricultura egipcia y, por tanto, en la seguridad alimentaria del país.

La Seguridad Alimentaria en el Magreb

La seguridad alimentaria es un factor clave que explica la no dependencia de los estados del sector exterior. Un país que consiga ser autosuficiente en todos los productos que consuma, será capaz de satisfacer todas las necesidades de su población, y además no tendrá que importar productos y no generará déficit en su balanza comercial que pueda causar tendencias inflacionistas. Además, conseguirá tener un sector agrícola y ganadero interno potente que sea un motor de su economía. Por ello, tanto en la esfera social, como factor reductor de pobreza (cabe recordar que la pobreza en África es un fenómeno rural y no urbano), como en la económica y la productiva, la seguridad alimentaria es de un interés crucial para cada una de las naciones. Asimismo, el crecimiento de la población, que experimenta cambios en su dieta a causa del incremento de las rentas, implica una mayor demanda de alimentos, se prevé que los rendimientos de la pesca y la ganadería disminuyan debido al cambio climático.

En el presente apartado se abordará la temática relacionada con la seguridad alimentaria en torno a tres grandes rasgos. Primero, las dinámicas internas de ese sector agrícola en los países del norte de África; segundo, la tendencia demográfica que tienen estos países (entendida en clave de pirámide poblacional, pero también en el dualismo rural urbano); y, por último, las amenazas climáticas y sus potenciales consecuencias, a nivel nacional pero también individual (migraciones climáticas, al que se dedicará un subepígrafe especial).

Sectores agrícolas

En los países del Magreb, no se puede hablar de un único sistema agrícola, pero sí que pueden identificarse una serie de tendencias que nos ayuden a comprender la situación actual de cada uno de los países y sus retos en torno a la (in)seguridad alimentaria. Las realidades poscoloniales de Marruecos, Egipto, Túnez y Argelia son bien distintas, con estructuras agrarias arcaicas en el caso de Marruecos, Argelia y Túnez y algo más avanzadas en Egipto, especialmente en torno al delta del Nilo (que posteriormente veremos como una de las principales amenazas climáticas). Marruecos se desarrolló (y todavía lo hace) en torno a una agricultura dual que enfrenta las plantaciones de secano (fuente de la dieta local, mayores en número y muy menores en dimensión) frente al cultivo de regadío, orientado hacia productos cítricos para su exportación y competitividad externa.

Mientras tanto, Argelia optó por un desarrollo temprano basado en la autogestión de los campesinos (fellah) que rápidamente reestructuró para buscar una mayor productividad, asimilándose a la experiencia marroquí. Sin embargo, el desarrollo del sistema agrícola argelino difiere en los resultados de su vecino y es que resulta difícilmente explicable sin tener en cuenta los excedentes financieros obtenidos por la empresa estatal SONATRACH, que permitió programas de reinversión muy ambiciosos en el campo. Actualmente, las políticas agrarias se estructuran en torno a planes quinquenales, con el fin de mejorar la competitividad de sus productos y adaptar la producción a las necesidades de una población que ha visto incrementada sus rentas. El caso tunecino, que es el país más pequeño de todos ellos, por lo que el desarrollo de su sector agrícola, en una localización más cercana a la costa y con menos superficie sahariana que sus vecinos, resulta más equilibrado y auto-centrado. Las políticas aplicadas por el gobierno tunecino también persiguieron la modernización del sector, pero su estrategia fue muy similar a la dual aplicada en Marruecos. Así, actualmente Túnez es un exportador neto de aceites y dátiles, mientras que importa productos esenciales de la dieta de su población como los cereales (hasta un 70% de los consumidos fueron importados) o azúcar.

Por último, cabe mencionar el caso egipcio, pues las consecuencias del cambio climático (especialmente de la escasez de agua), sumado al impacto de la presa construida por Etiopía en el año 2011, mencionada en el apartado anterior, hace peligrar al sector de la agricultura en el país. La dimensión de la problemática se observa en varios datos, como que el delta del Nilo se encuentra a una altitud de 1 metro sobre el nivel del mar que, teniendo en cuenta los pronósticos del cambio climático que se verán en próximos apartados, puede catalogarse como preocupante. Además, como se menciona en el apartado anterior, Egipto podría ver reducida su disponibilidad de agua dulce hasta en un 25%.

La relevancia de la cuenca del Nilo para Egipto es crucial, siendo que solamente equivale al 3.5% del total de la extensión del país, sin embargo, acoge al 95% de la población y produce la gran mayoría de los productos agrícolas del país. En primer lugar, cabe mencionar que el país requiere inversiones en infraestructura del agua y herramientas de gestión más eficaces dentro de los centros urbanos del cauce del Nilo, donde se localizan la gran mayoría, para garantizar que no se desperdicia el agua que usa. La disponibilidad de agua es un factor relevante para su sistema económico, pues el 85% del agua se destina a la agricultura, cuando el promedio mundial es del 67%. A pesar de la importancia de este recurso para el sector, la infraestructura de riego y drenaje opera tan solo con un 50% lo que denota una falta de inversión que podría mejorarse también con prácticas agrícolas más productivas. Por ejemplo, una de las medidas que se prevé en el Plan Nacional de Recursos Hídricos (2017-2037) es reducir la cantidad de tierra utilizada para cultivos de uso intensivo de agua como el arroz.

Tendencias demográficas

Todos los sistemas productivos previamente destacados, tienen también rasgos similares en las tendencias demográficas que experimentan. Al poder ser catalogados como países semiperiféricos, se encuentran en una fase de transición demográfica, habiendo experimentado una notable reducción en las tasas de natalidad en los últimos años. Marruecos pasa, por ejemplo, de observar una media de 7 hijos por mujer en edad fértil a 2 en tan sólo unas décadas . De lo explicado en el párrafo anterior podemos concluir que sus pirámides población estarán cada vez más envejecidas, concentrando el grueso de la población en edades adultas. Sin duda alguna, este hecho impacta inevitablemente en el campo con una estructura de propiedad de personas cada vez más envejecida, cuya productividad en esas parcelas de pequeños productores (el 25% de las explotaciones de Marruecos tienen una extensión menor que 1 hectárea) puede verse afectada.

Paralelamente, otro efecto incide sobre la productividad agraria, y no es otro que la falta de retención de las personas jóvenes rurales en el campo. Esto ocurre, principalmente, por dos causas con un denominador común, la escasa renta rural. Por un lado, las personas jóvenes no se quedan en el campo porque sus familias necesitan un complemento a su renta, y para ello les envían a las fábricas de las ciudades con la esperanza de compartir parte de su salario. Por otro lado, la falta de oportunidades que tiene la gente joven en sus orígenes campesinos hace que traten de buscar mejores oportunidades en las ciudades. Es por esto último por lo que podemos hablar también del éxodo rural que se viene produciendo desde la descolonización en estos países. Supone una seria amenaza para la seguridad alimentaria por motivos como el incremento de las rentas o la falta de mano de obra agrícola ya explicados con anterioridad. Las razones por las que en estos países se da este éxodo rural son varias, destacando cuatro, que ya se han tratado sucintamente en el párrafo anterior:

  • Baja ocupación en el campo por la escasa renta rural
  • Inconvenientes de acceso a servicios básicos como la educación o la salud
  • Una mala comercialización de los productos agrícolas
  • Rápido crecimiento urbano que produce unas oportunidades laborales y vitales
    que el campo no ofrece.

La tendencia no permite ser optimistas a este respecto, y la acentuación del éxodo rural, sólo hará que incrementar la inseguridad alimentaria de los países norteafricanos. Simultáneamente, sin la provisión de alternativas en el campo, la población seguirá migrando y sus consecuencias son potencialmente devastadoras.

Amenazas climáticas

Por último, cabe analizar la inseguridad alimentaria a corto plazo en el marco de un cambio climático cuyos efectos son cada vez más visibles y preocupantes. En la introducción de este apartado se comentó, pero una de las principales amenazas climáticas que enfrenta la región es la potencial desaparición del delta del Nilo. La subida del nivel del mar (entre 0.5 metros y 1 metro hasta 2050) puede hacer desaparecer este ecosistema, vital para la supervivencia de la agricultura egipcia como vimos con antelación. A este hecho, se le suma la disputa con Etiopía por la construcción de la ya mencionada presa en el curso alto del Nilo que podría afectar a los niveles de agua durante su curso, perjudicando a las explotaciones agrícolas que existen en su rivera.

Otra de las principales amenazas que enfrenta la región es la potencial escasez de agua. El estrés hídrico que enfrentan los 4 países está muy por encima de los niveles que maneja la media mundial (salvo el caso argelino), siendo especialmente acuciante en Marruecos, con un 95% de consumo acuífero para la agricultura. La escasez de agua podría afectar a los cultivos de regadío del país y compromete sobremanera la seguridad alimentaria de la región. A ello, tenemos que sumarle, el incremento de las temperaturas, con escenarios verdaderamente preocupantes de aumentos de hasta 6ºC en 2050, que a su vez hará que el desierto del Sáhara aumente su tamaño, reduciendo la extensión de las tierras cultivables en los cuatro países, con menores precipitaciones anuales y la reducción implícita de los días de cosecha. Todos los aspectos analizados inciden en la previsible reducción de la productividad agrícola. Si a estos factores climáticos, les sumamos los factores demográficos vistos con anterioridad nos encontramos ante un círculo vicioso que no parece que se alivie con las actuales políticas. La subida de las temperaturas reducirá las tierras cultivables a través de la desertización, con una población cada vez más envejecida y la falta de población joven que se quede en el campo hará que menos población se dedique a ello, con lo que la producción agrícola se reducirá.

¿Qué políticas pueden implementar los países para paliar un escenario tan preocupante para la seguridad alimentaria?60 Posiblemente pase por una combinación de incrementar las capacidades de los agricultores, introduciendo técnicas modernas en los cultivos, optimizando el uso de los recursos hídricos, invirtiendo en I+D+i o a través de la actualización de algunas estructuras de propiedad todavía arcaicas. Sin duda, a través de la mejora de las oportunidades en el campo, la seguridad alimentaria de la región podría paliar la cantidad de amenazas que enfrenta hoy día.

Las nuevas migraciones en el norte de África, las consecuencias del cambio climático

Los fenómenos migratorios han experimentado un notable cambio en los últimos lustros. A los motivos tradicionales como el económico o el securitario se le añade el factor climático como una de las causas que fomentan los movimientos de población. Especialmente, en torno a la región MENA, donde hasta 33 millones de personas viven en zonas en peligro de inundación y la gran mayoría de la población lo hace en áreas desertificadas. La cercanía de Europa a la región hace además que los potenciales beneficios de una migración exitosa sean altos en cuanto a calidad de vida, incrementando el fenómeno migratorio. Y es que, como señala la Comisión Europea, el principal motor de las migraciones siguen siendo los motivos económicos, lo que nos lleva a un potencial problema, y es el atrapamiento de personas que no emigran hasta que no les queda nada de lo que puedan extraer renta en sus localidades de origen. Las migraciones por motivos climáticos reducen este riesgo e incrementan los beneficios en las localidades de origen y receptoras de población, al funcionar como un mecanismo de ajuste automático.

Como se ha ido mencionando a lo largo del trabajo, las diferentes esferas de la problemática climática afectan a las poblaciones del norte del continente africano con especial intensidad. Tales como la escasez de agua, el incremento de la desertificación o el crecimiento del nivel del mar, merced al incremento de las temperaturas y los sucesos cada vez más recurrentes de desastres naturales empujan a la población a buscar alternativas, especialmente en la región norteafricana. Todos estos factores son cortados de manera transversal por la posible aparición de un conflicto en torno a alguna o varias de estas problemáticas. La existencia de tal conflicto podría exacerbar el problema migratorio en base al incremento de los flujos de población por factores securitarios, el destrozo de tierras por el uso de agentes químicos, etc. Una de las claves para prevenir la aparición de estas problemáticas e incrementar la cooperación interestatal lo representan los procesos de construcción de confianza. Este tipo de políticas ha de ser el catalizador para que las esferas económicas, culturales y ecológicas sean tenidas en cuenta para los procesos de construcción de paz.

Reconociendo el hecho de que, tal y como señala Marquina65, los migrantes del Norte de África son migrantes económicos en su mayoría, representando movimientos de fuerza laboral para la región, no es desdeñable que las amenazas ambientales son ya una amenaza real para la región, iniciando procesos migratorios. Los factores señalados en la página anterior son los principales factores climáticos que obligan a la población a migrar. La gravedad en las consecuencias de estos factores depende de qué modelos de predicción se tomen, pero los más recientes demuestran que la gravedad es mayor de la indicada a principios de siglo. El reporte especial de IPCC sobre cambio climático indica que el incremento de temperaturas contribuirá a agravar la situación acelerando el proceso de desertificación, degradación de la tierra y pérdida de parcelas cultivables, incrementando el éxodo rural con una creciente urbanización, haciendo que la escasez de haga crezca exponencialmente en el Norte de África. Ante este escenario, se espera un crecimiento explosivo de las migraciones por motivos climáticos. Estas migraciones, acudirán hacia Europa desde los países subsaharianos, pero principalmente desde el Norte de África por la cercanía y la especial vulnerabilidad climatológica de la región. Hay que mantener, no obstante, una vigilancia especial sobre aquellos países con problemas de seguridad como fue el caso de Siria o el caso libio.

Los países con cierto margen de maniobra para la aplicación de políticas públicas que palien la situación, merced a las rentas provenientes de sus recursos naturales son Argelia y Libia (aunque la inestabilidad de este último imposibilita en gran medida cualquier opción política), mientras que Marruecos, Túnez o Egipto cuentan con el turismo como fuente de divisas, pero su situación es mucho más complicada ya que los niveles de empleo que representa la agricultura son muy desproporcionados, con un 44.6 % en Marruecos, 55% en Túnez y el 32% en Egipto (más de 47 millones de personas entre los tres países).

Como se ha mencionado con anterioridad, es cierto que el principal flujo migratorio provendrá a Europa desde el norte de África, pero una de las principales lecciones extraídas de la crisis siria es que el factor securitario es de especial relevancia. De no ser capaces los países del Magreb de canalizar estos movimientos migratorios, como ha sido el caso hasta el momento, el crimen organizado puede jugar un papel clave en el transporte de personas a través de las rutas transaharianas y mediterráneas hasta Europa, siendo especialmente llamativo el caso libio. Durante la última década68, este hecho ya ha sido un punto caliente para los socios europeos, con choques entre ONGs, gobiernos nacionalistas antiinmigración y demás socios comunitarios. Asegurar una postura común frente a esta problemática que suponen las organizaciones de crimen organizado es uno de los principales desafíos del ente europeo.

Conclusiones

A lo largo de estas páginas ha quedado demostrado que el cambio climático es una amenaza real para la seguridad de los países de la región euromediterránea y que afecta, de manera más severa, a aquellos situados en la ribera sur del mar Mediterráneo, el Magreb. Se ha podido observar como la subida de temperaturas y el descenso de las precipitaciones han contribuido a la desertificación del territorio de muchos estados, imposibilitando el trabajo de la tierra y obligando a muchas personas dedicadas a la agricultura a emigrar a la ciudades para buscar un futuro mejor, los conocidos como migrantes climáticos. Igualmente, esta presión demográfica creciente pone en peligro la seguridad alimentaria de los países del Magreb ya que, además, la escasez de agua es cada vez más evidente. Todos estos factores de riesgo han incentivado las migraciones por motivos medioambientales. Fruto de la desesperación ciudadana y de la debilidad de los gobiernos, las redes de crimen organizado son cada vez más fuertes y aprovechan la porosidad de las fronteras para enriquecerse.