La historia de Mali poscolonial para entender el conflicto actual

Marta Fernández Pena

El objetivo de este artículo es realizar un análisis de la breve historia de Mali como país independiente tras la colonización francesa hasta la actualidad, con el fin de explicar porqué este país es actualmente uno de los menos seguros del mundo, con un conflicto armado latente en la nación. Los factores históricos, étnicos, religiosos y económicocriminales son esenciales para comprender las causas de la conflictividad en el norte de Malí pues son las razones profundas del conflicto. El análisis de éstos, permitirá contextualizar los acontecimientos recientes, y contribuirá, en parte, a entender la situación de inestabilidad política que afecta a todo Malí y se expande a la región del Sahel.

Antecedentes

En el territorio del actual Mali y países colindantes del Sahel se constituyeron varios de los Imperios más poderosos de África hasta la Edad Contemporánea. Imperios como el de Ghana, el Imperio de Mali o el Imperio Songhay se sucedieron históricamente en territorio maliense hasta la colonización francesa en la década de 1880. Su diversidad étnica, con etnias como la bambara, fulani, solinké o tuareg, las diferentes hermandades musulmanas como los Tijaniyyah o los muridíes caracterizan al país saheliano con una enorme heterogeneidad.

Durante la época colonial, los líderes malienses utilizaron el islam para ejercer el control sobre la población. Se dio así una suerte de alianza factual entre los líderes religiosos islamistas y los líderes políticos para establecer las bases de la economía, sociedad y cultura poscolonial. Es lo que Andrew F. Clark califica como “brotherhood leadership”. Bien es cierto que la manera de relacionarse cambia a lo largo del tiempo, la tendencia colaboracionista entre la religión y la política se fue fraguando a medida que transcurrieron las décadas, toda vez que se demostró como eficaz para controlar a la población. De esta manera, los líderes más populares en la época colonial tardía fueron aquellos que cooperaron con el estado secular, cosa que no ocurría en momentos previos, donde los líderes más populares eran aquellos que promovieron acciones violentas contra las instituciones imperiales.

Independencia. De la dictadura a la democracia

En toda esa diversidad étnica y religiosa, tras la caída del imperio francés, se constituye la Federación de Malí (junto a Senegal, país en el que los Tijaniyyah son también muy numerosos pero dominan los muridíes), para meses después separarse y constituir las Repúblicas de Mali y Senegal. En el momento de la independencia, ambos países tienen profundas raíces musulmanas, con hasta un 80% de la población en el caso de Mali que se consideraba musulmán. Ello no es óbice para que la sociedad fuera muy heterogénea, como se expuso con anterioridad, y como veremos, las refriegas militares beben en gran medida de esa heterogeneidad.

La constitución de la República de Mali tiene lugar el 22 septiembre de 1960 y el otrora presidente de la extinta Federación de Mali, Modibo Keita, se proclama presidente, instaurando un sistema unipartidista en el país. El estado entró a formar parte de las naciones unidas dos años después de proclamarse su independencia. Dicho gobierno adoptará un control fuerte de la economía, acercándose, en un contexto bipolar, al bloque soviético liderado por la URSS. La creación de entes monopolísticos públicos como la Sociedad Maliense de Importación y Exportación es uno de los hechos que lo ilustra.

Ello no será obstáculo tampoco para que Keita, musulmán no practicante, decida involucrar al país en la Confederación Islámica por el peso social que esta característica conllevaba. También han de quedar claras, como punto preliminar al ensayo, que las posturas panafricanistas de Keita marcan su tiempo en el Gobierno. Mali es uno de los tres estados fundadores de la Unión de Estados Africanos, ente primigenio de la actual Unión Africana. Nos encontramos por tanto, ante la configuración de un estado multiétnico asentado sobre tres bases principales. Por un lado, la religión como método de arrastre y popularidad hacia la población; por otro, una postura panafricanista muy ligada a otros movimientos de liberación nacional de los años 50-60 en el continente y por último un control de la economía y la política enmarcado en un mundo bipolar, situando al país en la esfera de influencia de la URSS.

Este primer período abarca hasta 1968, cuando Keita es víctima de un golpe de estado militar. Las continuas amenazas a la seguridad y estabilidad del país serán una constante a lo largo de los años, pero durante el gobierno de Keita, su popularidad fue disminuyendo conforme pasaban los años y enfrentó una primera revolución de la etnia Tuareg en 1963. La principal causa fue el empeoramiento de las condiciones económicas pero también el carácter marcadamente dictatorial del presidente, que no fue capaz de mantener de su lado a los líderes religiosos, sin los que gobernar el país era francamente complicado. El golpe de estado de noviembre de 1968 conllevó la instauración de una dictadura militar presidida por Moussa Traoré. Las políticas económicas de esta dictadura militar fueron lo opuesto en comparación con las del régimen de Keita. Se dejó de lado el control centralizado de las estructuras económicas, se procedió a la liberalización de determinados sectores y mejoraron las relaciones exteriores, en un contexto en el que países vecinos como Senegal o Marruecos se alineaban más con la órbita americana. Todo ello, junto a un discurso abiertamente religioso que constituía Mali como un país musulmán aunque con una Constitución secular, contentó a las élites religiosas y popularizó durante los primeros años de su mandato a Traoré.

Sin embargo, a medida que pasaron los años, los comportamientos seguidos por el régimen de Traoré, hicieron evidente que su estrategia principal no era la potenciación y alineación con las distintas hermandades y tribus, sino que precisamente arrinconarlas al extremo, buscando las alianzas internacionales que fueran necesarias para tal fin. Este hecho, al igual que ocurrió con Keita, implicó el rechazo de las tribus y los líderes religiosos al régimen, con una respuesta represiva hacia las diferentes etnias y culturas, teniendo como principal apogeo la segunda revolución tuareg en 1990. Meses más tarde, en marzo de 1991 un nuevo golpe de estado militar (encabezado por Amadou Touré) depone a Traoré, esta vez bajo la promesa (que el año siguiente se consumaría) de convocar unas elecciones libres para devolver la capacidad de decisión al pueblo. Las primeras elecciones abiertas y libres en Mali tienen lugar en 1992, con la elección de un académico ajeno a la práctica religiosa como fue Alpha Oumar Konaré. Tuvo que enfrentarse rápidamente a las refriegas contra los tuaregs, con motivos étnicos más que religiosos, pero en términos generales, durante el primer mandato de Konaré, se acercaron posturas con los tuareg tras la segunda revolución previamente mencionada. Este presidente renovó su mandato presidencial en 1997 en medio de un boicot por parte de la oposición y en las elecciones de 2002 perdió el poder en manos de Amadou Touré, que, como se mencionó anteriormente, había participado en el golpe de estado que depone al dictador Traoré.

El mandato de Amadou Toumani Touré, comienza en el 2002 y es reelegido también en el año 2007 . Es el último presidente de Mali antes de que en 2012 estalle el conflicto con los tuareg, con proclamas independentistas, escudados en la mala gestión de Touré durante esa década. De nuevo, los poderes fácticos malienses, entran en conflicto tras 20 años de relativa estabilidad. El descontento de las tribus y de las hermandades musulmanas, así como el continuo empobrecimiento de la población durante el mandato de Touré son las causas principales del estallido del conflicto. Así pues, cabe decir que desde 1992 Malí fue considerado un caso ejemplar de democracia estable en África hasta que en 2012 estalla el conflicto. Sin embargo, la realidad de las últimas dos décadas no ha sido tan idílica y, especialmente en los últimos 10 años el país se ha caracterizado por un letargo intermitente de golpes de Estado de origen militar.

Los tuareg

Como afirma Mazarrasa (2012), un elemento que hay que tener presente es el papel desempeñado por las tribus consideradas inferiores en la jerarquía de cada comunidad étnica9 . El pueblo tuareg es seminómada y, actualmente, se compone por una decena de clanes abarcando, aproximadamente, a un millón y medio de personas. Su comunidad no se basa en una adscripción étnica ya que un tuareg es aquel que habla tamasheq y vive según esta centenaria cultura (se basa en la adscripción cultural). Los tuareg están presentes en los territorios de Mali, Níger, Argelia y Libia. El pueblo tuareg no es el más numeroso en Malí pero a causa de las históricas reivindicaciones por su independencia y su control del tráfico de mercancías en el desierto del Sahara es una de las tribus más conocidas del país. Desde 1960 las nuevas fronteras y la imposición del modo de vida occidental, pero también las graves consecuencias de la crisis climática en la región, llevó a los tuareg a encontrarse en situaciones de control que ellos mismos no reconocían.

La creación de movimientos e insurgencia dieron lugar a las primeras revueltas tuaregs en 1962 a las que siguieron otras. El motivo de la revuelta, que duró 4 años, fue la nueva política territorial del gobierno maliense porque afectaba directamente a las tierras ancestrales de los tuaregs en el norte del país. En los años 90 se produjo la segunda rebelión más importante y, podría decirse que mucho más madura por la profundidad de sus propuestas, cuyo objetivo era la constitución de un estado independiente. Ahora había germinado un sentimiento de independencia y una búsqueda de un estado propio tuareg. En 1992, y con el nuevo gobierno de Konar, se alcanzó un alto el fuego y dando lugar a los Acuerdos de Tamanrasset. Éstos preveían el establecimiento de la región semiautónoma de Kidal, aunque respetando, eso sí, la integridad territorial de Mali. Sin embargo, los siguientes gobiernos de Bamako no respetaron los acuerdos firmados con los tuareg y esto supuso el incremento paulatino de la tensión en el norte del país.

La presencia de grupos extremistas violentos de corte yihadista también se ha ido produciendo de manera gradual desde que, a finales de los 90, el Grupo Islámico Armado de Argelia tuvo que abandonar el país. Así pues, uno de sus principales destinos fue Mali, país en el que pretendían propagar su interpretación yihadista radical del islam. Otros grupos salafistas fueron llegando a la región de Azawad, incluido el AQMI. Para entender qué ocurre después, es importante destacar que, aunque los tuareg son en su mayoría musulmanes, no son radicales ni muy religiosos, y por esa razón en 2006 se aliaron con el ejército de Mali para combatir la presencia del AQMI. A pesar de esta tendencia general entre la tribu, sí hubo facciones más violentas de tuareg que decidieron aprovechar la experiencia bélica de aquellos que llegaban de Libia. En todo este clima de tensión y violencia, nace en 2012 el Movimiento Nacional para la Liberación de Azawad (MNLA) quien, ante el golpe de estado que se produjo el 22 de marzo de 2012 en Malí, declaró la independencia de Azawad. Este movimiento de los tuareg, apoyado en un principio por los grupos radicales de la región, rápidamente se volvió contra ellos produciendo conflicto y disputas por el territorio que acabó con la expulsión de los tuareg de la zona.

Conclusiones

La guerra en Malí nace de una amalgama de circunstancias que se han superpuesto generando el caos en el país desde 2012: la inestabilidad política y los continuos golpes de estado en el gobierno de Mali, la fuerte presencia del crimen organizado en el Sahel, los retos planteados por los grupos yihadistas que van moviéndose a distintas áreas del país y la rebelión tuareg que les llevó a enfrentarse al gobierno central han contribuido a avivar el conflicto y a dificultar su resolución.

La Seguridad en el Mediterráneo: los retos medioambientales en el Magreb y su impacto en los flujos migratorios

Marta Fernández Pena

Existen numerosos desafíos para la seguridad de los países del Mediterráneo que se ven exacerbados por el cambio climático que se está produciendo a nivel global. El aumento de las temperaturas, el descenso de las precipitaciones y, por lo tanto, de las reservas de agua, o la disminución de recursos energéticos tienen consecuencias notables en la seguridad de la región. A lo largo de las siguientes páginas se analizará el impacto que tiene sobre la seguridad alimentaria y las migraciones.

El análisis multifactorial que se va a llevar a cabo aspira a identificar las amenazas medioambientales en la región para demostrar que el cambio climático ya está teniendo consecuencias en el Mediterráneo, tanto a nivel físico y de los ecosistemas, como impactos en los modelos de sociedad y económicos existentes. Los impactos (reales o potenciales) derivados del cambio climático, se traducen en movimientos y flujos poblacionales que desestabilizan los modelos de sociedad imperante hasta el momento (rural y urbano) e incrementan la presión sobre los recursos existentes (que son más escasos). Por último, todas estas amenazas del Magreb impactan en la UE que ha visto cómo los migrantes africanos están buscando perspectivas de futuro en suelo europeo y quieren llegar a él a toda costa.

Seguridad Medioambiental: el cambio climático y su impacto en la región mediterránea

El concepto de seguridad medioambiental sigue sin encontrar una definición ampliamente aceptada por los diferentes actores del panorama internacional. Este desacuerdo conceptual se hace evidente en la región euro-mediterránea, donde sigue sin encontrarse una definición común a pesar de los esfuerzos, por ejemplo de la Unión Europea, por armonizar las políticas internas de sus miembros en este sentido . Tras algunos años de debate, existe una aceptación general en cuanto a que el medioambiente y la seguridad sí deben entenderse como dos áreas solapadas, aunque siguen sin ser un aspecto prioritario en la región2¡ . A continuación, se expone un breve análisis sobre los factores medioambientales en la región, y más concretamente para el Magreb, que se entienden como amenazas a la seguridad.

En 1997, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) presentó un informe en el que se entendía que el cambio climático potenciaba los riesgos de la región mediterránea debido a la sensibilidad de los recursos hídricos ante este fenómeno. Así pues, este informe daba pie a profundizar en las investigaciones sobre las consecuencias del cambio climático en torno a los 6 sectores más vulnerables en el Magreb: los recursos hídricos, los recursos naturales y la biodiversidad, los asentamientos humanos e infraestructuras, la salud, la desertización y la seguridad alimentaria. Para poder llevar a cabo este análisis es necesario, en primer lugar se atenderán a las características geográficas y climáticas por un lado y a las características socioeconómica, geopolíticas y demográficas, por otro, ya que éstas proporcionarán la información necesaria para poder elaborar los potenciales escenarios futuros sobre el efecto del cambio climático en la región.

Para empezar, cabe destacar que la temperatura media anual del Mediterráneo se encuentra 1,5 ° C por encima de los niveles de finales del siglo XIX y 0,4 ° C por encima de la media global y las predicciones de los expertos prevén que esta subida de las temperaturas incremente como los escenario realizados por el CIRCE, prevén que las temperaturas suban entre 1-1,5ºC en invierno y entre 1,75-2ºC en verano. Por otro lado, la OMM anunció en 2019 que el incremento medio respecto a la época preindustrial era ya de 1,1 grados centígrados. Mientras que los escenarios tomados por Marquina (son de 2003 y ya se anuncian como “optimistas”) prevén un incremento de 0,2ºC cada 10 años, el mismo organismo cree que en 2019 será de 0,2ºC cada lustro. Estos ascensos de la temperatura provocarían que la región esté expuesta a sequías, olas de calor o incendios forestales (es decir, fenómenos meteorológicos extremos) y a la degradación del suelo, los alimentos y el agua, que se padecerá más países como Argelia o Marruecos, especialmente durante las estaciones cálidas. También el ciclo del agua ha sufrido significativas modificaciones durante los últimos años a causa del descenso en el nivel de precipitaciones, hecho que es notable en el Magreb (según el informe del IPCC de 2014). Todos estos cambios tienen unos impactos preocupantes tanto físicos y sobre los sistemas naturales, como sobre los sistemas humanos de la región.

En cuanto a los impactos físicos cabe destacar el avance en la desertización de los territorios de los países del Magreb (se calcula de el 57% del territorio del Norte de África está amenazado por este fenómeno) siendo Libia el país con mayor amenaza y seguido por Marruecos y Túnez. La desertización disminuirá la cantidad de agua disponible (un grave problema que se atenderá en breve) y conllevará pérdidas en la biodiversidad y se verá agravado por las prácticas forestales agresivas. Todo ello tiene consecuencias en la configuración sociodemográfica de los países promoviendo un éxodo rural que incrementa la presión en las zonas costeras. Otro hecho que preocupa en la región es la subida del nivel del mar a causa del deshielo de los polos que amenaza a las zonas costeras y a los deltas (como el del Nilo), donde se encuentran la mayor parte de las tierras cultivables y los grandes núcleos urbanos de estos países y que afectaría considerablemente a su economía. Tanto la desertización como la subida del nivel del mar, consecuencia de condiciones climáticas extremas, irán acompañados de una pérdida de los ecosistemas terrestres y marinos incrementando hasta un 40% el riesgo de extinción de un gran número de especies. Así pues, con estos fenómenos incidiendo impactando en los desiertos, ríos y zonas costeras afectan a los sistemas humanos de las zonas rurales y urbanas, comprometiendo su estabilidad económica, social y política. La agricultura es uno de los sectores más vulnerables ante estos cambios en los ecosistemas cuya afectación implicaría la pérdida de medios de vida humanos, pudiendo desencadenar, además del éxodo rural ya mencionado, migración forzada y conflicto violento.

El problema del impacto de los recursos hídricos

Una de las mayores vulnerabilidades de la región mediterránea, agravada por las consecuencias del cambio climático observadas anteriormente, es la disponibilidad y el acceso al agua. Aunque en el Mediterráneo vive un 7,3% de la población mundial, en este territorio sólo se concentra el 3% de las fuentes de agua dulce del globo. Esta escasez de los recursos de agua está comprendida como un potenciador de los conflictos en la región y, por lo tanto, los gobiernos de estos países necesitan invertir en tecnología y logística para el óptimo almacenamiento y suministro de agua. Uno de los principales retos a los que se enfrenta la región para hacer frente a la escasez de agua es el rápido crecimiento de su población, incrementando la demanda (un crecimiento del 2% anual) y su concentración en núcleos urbanos, aumentando la presión sobre los recursos disponibles, ya de por sí escasos, y erosionando la infraestructura hídrica que los gobiernos deberán preservar (se calcula que en el año 2050, 400 millones de personas vivirán en ciudades en la región MENA).

Además de los retos demográficos, otra consecuencia de la disminución de recursos de agua será la alteración en la estructura económica, ya que la agricultura es el sector principal en la mayoría de los países de la región MENA y es esta actividad la que mayor porcentaje de agua requiere (un 67% del total en la media mundial e incrementándose al 79% del agua total disponible de Marruecos, Túnez y Libia). Así pues, como la mayoría de los países MENA sufren estrés hídrico, éste se ve agravado por el cambio climático y tiene consecuencias importantes en la disponibilidad y en la producción de alimentos . Si a esto se le suma la proyección demográfica explicada anteriormente, el acceso a agua potable para la agricultura disminuirá y esto podría tener graves consecuencias en la oferta de alimentos para la población.

Para acabar este apartado y poder entender mejor qué consecuencias tiene la falta de agua en los países del Mediterráneo, se va a atender brevemente al caso de Egipto, que ha llamado la atención internacional debido a la polémica en torno a la construcción de la Gran Presa del Renacimiento de Etiopía. Esta presa, que empezó a construir Etiopía en el año 2011, cuando se llene por completo, disminuirá en un 25% el agua disponible en Egipto y exacerbará los desafíos internos: tanto el veloz crecimiento demográfico, como los costos de los subsidios gubernamentales, ligado a una infraestructura deficiente que malgasta agua así como la abundancia de prácticas contaminantes, se verán todos ellos afectados. Para paliar estas consecuencias y evitar un conflicto regional, en 2015, Egipto, Etiopía y Sudán firmaron la Declaración de Jartum, que promovía un enfoque regional liderado por Egipto para asegurar la buena gestión de la presa y de las consecuencias del cambio climático (como la escasez de recursos hídricos). En el siguiente apartado, se atenderá más detenidamente a qué consecuencias tiene la construcción de la presa en la agricultura egipcia y, por tanto, en la seguridad alimentaria del país.

La Seguridad Alimentaria en el Magreb

La seguridad alimentaria es un factor clave que explica la no dependencia de los estados del sector exterior. Un país que consiga ser autosuficiente en todos los productos que consuma, será capaz de satisfacer todas las necesidades de su población, y además no tendrá que importar productos y no generará déficit en su balanza comercial que pueda causar tendencias inflacionistas. Además, conseguirá tener un sector agrícola y ganadero interno potente que sea un motor de su economía. Por ello, tanto en la esfera social, como factor reductor de pobreza (cabe recordar que la pobreza en África es un fenómeno rural y no urbano), como en la económica y la productiva, la seguridad alimentaria es de un interés crucial para cada una de las naciones. Asimismo, el crecimiento de la población, que experimenta cambios en su dieta a causa del incremento de las rentas, implica una mayor demanda de alimentos, se prevé que los rendimientos de la pesca y la ganadería disminuyan debido al cambio climático.

En el presente apartado se abordará la temática relacionada con la seguridad alimentaria en torno a tres grandes rasgos. Primero, las dinámicas internas de ese sector agrícola en los países del norte de África; segundo, la tendencia demográfica que tienen estos países (entendida en clave de pirámide poblacional, pero también en el dualismo rural urbano); y, por último, las amenazas climáticas y sus potenciales consecuencias, a nivel nacional pero también individual (migraciones climáticas, al que se dedicará un subepígrafe especial).

Sectores agrícolas

En los países del Magreb, no se puede hablar de un único sistema agrícola, pero sí que pueden identificarse una serie de tendencias que nos ayuden a comprender la situación actual de cada uno de los países y sus retos en torno a la (in)seguridad alimentaria. Las realidades poscoloniales de Marruecos, Egipto, Túnez y Argelia son bien distintas, con estructuras agrarias arcaicas en el caso de Marruecos, Argelia y Túnez y algo más avanzadas en Egipto, especialmente en torno al delta del Nilo (que posteriormente veremos como una de las principales amenazas climáticas). Marruecos se desarrolló (y todavía lo hace) en torno a una agricultura dual que enfrenta las plantaciones de secano (fuente de la dieta local, mayores en número y muy menores en dimensión) frente al cultivo de regadío, orientado hacia productos cítricos para su exportación y competitividad externa.

Mientras tanto, Argelia optó por un desarrollo temprano basado en la autogestión de los campesinos (fellah) que rápidamente reestructuró para buscar una mayor productividad, asimilándose a la experiencia marroquí. Sin embargo, el desarrollo del sistema agrícola argelino difiere en los resultados de su vecino y es que resulta difícilmente explicable sin tener en cuenta los excedentes financieros obtenidos por la empresa estatal SONATRACH, que permitió programas de reinversión muy ambiciosos en el campo. Actualmente, las políticas agrarias se estructuran en torno a planes quinquenales, con el fin de mejorar la competitividad de sus productos y adaptar la producción a las necesidades de una población que ha visto incrementada sus rentas. El caso tunecino, que es el país más pequeño de todos ellos, por lo que el desarrollo de su sector agrícola, en una localización más cercana a la costa y con menos superficie sahariana que sus vecinos, resulta más equilibrado y auto-centrado. Las políticas aplicadas por el gobierno tunecino también persiguieron la modernización del sector, pero su estrategia fue muy similar a la dual aplicada en Marruecos. Así, actualmente Túnez es un exportador neto de aceites y dátiles, mientras que importa productos esenciales de la dieta de su población como los cereales (hasta un 70% de los consumidos fueron importados) o azúcar.

Por último, cabe mencionar el caso egipcio, pues las consecuencias del cambio climático (especialmente de la escasez de agua), sumado al impacto de la presa construida por Etiopía en el año 2011, mencionada en el apartado anterior, hace peligrar al sector de la agricultura en el país. La dimensión de la problemática se observa en varios datos, como que el delta del Nilo se encuentra a una altitud de 1 metro sobre el nivel del mar que, teniendo en cuenta los pronósticos del cambio climático que se verán en próximos apartados, puede catalogarse como preocupante. Además, como se menciona en el apartado anterior, Egipto podría ver reducida su disponibilidad de agua dulce hasta en un 25%.

La relevancia de la cuenca del Nilo para Egipto es crucial, siendo que solamente equivale al 3.5% del total de la extensión del país, sin embargo, acoge al 95% de la población y produce la gran mayoría de los productos agrícolas del país. En primer lugar, cabe mencionar que el país requiere inversiones en infraestructura del agua y herramientas de gestión más eficaces dentro de los centros urbanos del cauce del Nilo, donde se localizan la gran mayoría, para garantizar que no se desperdicia el agua que usa. La disponibilidad de agua es un factor relevante para su sistema económico, pues el 85% del agua se destina a la agricultura, cuando el promedio mundial es del 67%. A pesar de la importancia de este recurso para el sector, la infraestructura de riego y drenaje opera tan solo con un 50% lo que denota una falta de inversión que podría mejorarse también con prácticas agrícolas más productivas. Por ejemplo, una de las medidas que se prevé en el Plan Nacional de Recursos Hídricos (2017-2037) es reducir la cantidad de tierra utilizada para cultivos de uso intensivo de agua como el arroz.

Tendencias demográficas

Todos los sistemas productivos previamente destacados, tienen también rasgos similares en las tendencias demográficas que experimentan. Al poder ser catalogados como países semiperiféricos, se encuentran en una fase de transición demográfica, habiendo experimentado una notable reducción en las tasas de natalidad en los últimos años. Marruecos pasa, por ejemplo, de observar una media de 7 hijos por mujer en edad fértil a 2 en tan sólo unas décadas . De lo explicado en el párrafo anterior podemos concluir que sus pirámides población estarán cada vez más envejecidas, concentrando el grueso de la población en edades adultas. Sin duda alguna, este hecho impacta inevitablemente en el campo con una estructura de propiedad de personas cada vez más envejecida, cuya productividad en esas parcelas de pequeños productores (el 25% de las explotaciones de Marruecos tienen una extensión menor que 1 hectárea) puede verse afectada.

Paralelamente, otro efecto incide sobre la productividad agraria, y no es otro que la falta de retención de las personas jóvenes rurales en el campo. Esto ocurre, principalmente, por dos causas con un denominador común, la escasa renta rural. Por un lado, las personas jóvenes no se quedan en el campo porque sus familias necesitan un complemento a su renta, y para ello les envían a las fábricas de las ciudades con la esperanza de compartir parte de su salario. Por otro lado, la falta de oportunidades que tiene la gente joven en sus orígenes campesinos hace que traten de buscar mejores oportunidades en las ciudades. Es por esto último por lo que podemos hablar también del éxodo rural que se viene produciendo desde la descolonización en estos países. Supone una seria amenaza para la seguridad alimentaria por motivos como el incremento de las rentas o la falta de mano de obra agrícola ya explicados con anterioridad. Las razones por las que en estos países se da este éxodo rural son varias, destacando cuatro, que ya se han tratado sucintamente en el párrafo anterior:

  • Baja ocupación en el campo por la escasa renta rural
  • Inconvenientes de acceso a servicios básicos como la educación o la salud
  • Una mala comercialización de los productos agrícolas
  • Rápido crecimiento urbano que produce unas oportunidades laborales y vitales
    que el campo no ofrece.

La tendencia no permite ser optimistas a este respecto, y la acentuación del éxodo rural, sólo hará que incrementar la inseguridad alimentaria de los países norteafricanos. Simultáneamente, sin la provisión de alternativas en el campo, la población seguirá migrando y sus consecuencias son potencialmente devastadoras.

Amenazas climáticas

Por último, cabe analizar la inseguridad alimentaria a corto plazo en el marco de un cambio climático cuyos efectos son cada vez más visibles y preocupantes. En la introducción de este apartado se comentó, pero una de las principales amenazas climáticas que enfrenta la región es la potencial desaparición del delta del Nilo. La subida del nivel del mar (entre 0.5 metros y 1 metro hasta 2050) puede hacer desaparecer este ecosistema, vital para la supervivencia de la agricultura egipcia como vimos con antelación. A este hecho, se le suma la disputa con Etiopía por la construcción de la ya mencionada presa en el curso alto del Nilo que podría afectar a los niveles de agua durante su curso, perjudicando a las explotaciones agrícolas que existen en su rivera.

Otra de las principales amenazas que enfrenta la región es la potencial escasez de agua. El estrés hídrico que enfrentan los 4 países está muy por encima de los niveles que maneja la media mundial (salvo el caso argelino), siendo especialmente acuciante en Marruecos, con un 95% de consumo acuífero para la agricultura. La escasez de agua podría afectar a los cultivos de regadío del país y compromete sobremanera la seguridad alimentaria de la región. A ello, tenemos que sumarle, el incremento de las temperaturas, con escenarios verdaderamente preocupantes de aumentos de hasta 6ºC en 2050, que a su vez hará que el desierto del Sáhara aumente su tamaño, reduciendo la extensión de las tierras cultivables en los cuatro países, con menores precipitaciones anuales y la reducción implícita de los días de cosecha. Todos los aspectos analizados inciden en la previsible reducción de la productividad agrícola. Si a estos factores climáticos, les sumamos los factores demográficos vistos con anterioridad nos encontramos ante un círculo vicioso que no parece que se alivie con las actuales políticas. La subida de las temperaturas reducirá las tierras cultivables a través de la desertización, con una población cada vez más envejecida y la falta de población joven que se quede en el campo hará que menos población se dedique a ello, con lo que la producción agrícola se reducirá.

¿Qué políticas pueden implementar los países para paliar un escenario tan preocupante para la seguridad alimentaria?60 Posiblemente pase por una combinación de incrementar las capacidades de los agricultores, introduciendo técnicas modernas en los cultivos, optimizando el uso de los recursos hídricos, invirtiendo en I+D+i o a través de la actualización de algunas estructuras de propiedad todavía arcaicas. Sin duda, a través de la mejora de las oportunidades en el campo, la seguridad alimentaria de la región podría paliar la cantidad de amenazas que enfrenta hoy día.

Las nuevas migraciones en el norte de África, las consecuencias del cambio climático

Los fenómenos migratorios han experimentado un notable cambio en los últimos lustros. A los motivos tradicionales como el económico o el securitario se le añade el factor climático como una de las causas que fomentan los movimientos de población. Especialmente, en torno a la región MENA, donde hasta 33 millones de personas viven en zonas en peligro de inundación y la gran mayoría de la población lo hace en áreas desertificadas. La cercanía de Europa a la región hace además que los potenciales beneficios de una migración exitosa sean altos en cuanto a calidad de vida, incrementando el fenómeno migratorio. Y es que, como señala la Comisión Europea, el principal motor de las migraciones siguen siendo los motivos económicos, lo que nos lleva a un potencial problema, y es el atrapamiento de personas que no emigran hasta que no les queda nada de lo que puedan extraer renta en sus localidades de origen. Las migraciones por motivos climáticos reducen este riesgo e incrementan los beneficios en las localidades de origen y receptoras de población, al funcionar como un mecanismo de ajuste automático.

Como se ha ido mencionando a lo largo del trabajo, las diferentes esferas de la problemática climática afectan a las poblaciones del norte del continente africano con especial intensidad. Tales como la escasez de agua, el incremento de la desertificación o el crecimiento del nivel del mar, merced al incremento de las temperaturas y los sucesos cada vez más recurrentes de desastres naturales empujan a la población a buscar alternativas, especialmente en la región norteafricana. Todos estos factores son cortados de manera transversal por la posible aparición de un conflicto en torno a alguna o varias de estas problemáticas. La existencia de tal conflicto podría exacerbar el problema migratorio en base al incremento de los flujos de población por factores securitarios, el destrozo de tierras por el uso de agentes químicos, etc. Una de las claves para prevenir la aparición de estas problemáticas e incrementar la cooperación interestatal lo representan los procesos de construcción de confianza. Este tipo de políticas ha de ser el catalizador para que las esferas económicas, culturales y ecológicas sean tenidas en cuenta para los procesos de construcción de paz.

Reconociendo el hecho de que, tal y como señala Marquina65, los migrantes del Norte de África son migrantes económicos en su mayoría, representando movimientos de fuerza laboral para la región, no es desdeñable que las amenazas ambientales son ya una amenaza real para la región, iniciando procesos migratorios. Los factores señalados en la página anterior son los principales factores climáticos que obligan a la población a migrar. La gravedad en las consecuencias de estos factores depende de qué modelos de predicción se tomen, pero los más recientes demuestran que la gravedad es mayor de la indicada a principios de siglo. El reporte especial de IPCC sobre cambio climático indica que el incremento de temperaturas contribuirá a agravar la situación acelerando el proceso de desertificación, degradación de la tierra y pérdida de parcelas cultivables, incrementando el éxodo rural con una creciente urbanización, haciendo que la escasez de haga crezca exponencialmente en el Norte de África. Ante este escenario, se espera un crecimiento explosivo de las migraciones por motivos climáticos. Estas migraciones, acudirán hacia Europa desde los países subsaharianos, pero principalmente desde el Norte de África por la cercanía y la especial vulnerabilidad climatológica de la región. Hay que mantener, no obstante, una vigilancia especial sobre aquellos países con problemas de seguridad como fue el caso de Siria o el caso libio.

Los países con cierto margen de maniobra para la aplicación de políticas públicas que palien la situación, merced a las rentas provenientes de sus recursos naturales son Argelia y Libia (aunque la inestabilidad de este último imposibilita en gran medida cualquier opción política), mientras que Marruecos, Túnez o Egipto cuentan con el turismo como fuente de divisas, pero su situación es mucho más complicada ya que los niveles de empleo que representa la agricultura son muy desproporcionados, con un 44.6 % en Marruecos, 55% en Túnez y el 32% en Egipto (más de 47 millones de personas entre los tres países).

Como se ha mencionado con anterioridad, es cierto que el principal flujo migratorio provendrá a Europa desde el norte de África, pero una de las principales lecciones extraídas de la crisis siria es que el factor securitario es de especial relevancia. De no ser capaces los países del Magreb de canalizar estos movimientos migratorios, como ha sido el caso hasta el momento, el crimen organizado puede jugar un papel clave en el transporte de personas a través de las rutas transaharianas y mediterráneas hasta Europa, siendo especialmente llamativo el caso libio. Durante la última década68, este hecho ya ha sido un punto caliente para los socios europeos, con choques entre ONGs, gobiernos nacionalistas antiinmigración y demás socios comunitarios. Asegurar una postura común frente a esta problemática que suponen las organizaciones de crimen organizado es uno de los principales desafíos del ente europeo.

Conclusiones

A lo largo de estas páginas ha quedado demostrado que el cambio climático es una amenaza real para la seguridad de los países de la región euromediterránea y que afecta, de manera más severa, a aquellos situados en la ribera sur del mar Mediterráneo, el Magreb. Se ha podido observar como la subida de temperaturas y el descenso de las precipitaciones han contribuido a la desertificación del territorio de muchos estados, imposibilitando el trabajo de la tierra y obligando a muchas personas dedicadas a la agricultura a emigrar a la ciudades para buscar un futuro mejor, los conocidos como migrantes climáticos. Igualmente, esta presión demográfica creciente pone en peligro la seguridad alimentaria de los países del Magreb ya que, además, la escasez de agua es cada vez más evidente. Todos estos factores de riesgo han incentivado las migraciones por motivos medioambientales. Fruto de la desesperación ciudadana y de la debilidad de los gobiernos, las redes de crimen organizado son cada vez más fuertes y aprovechan la porosidad de las fronteras para enriquecerse.

Comercio de esclavos en Benín: antecedentes, rutas y personas.

Marina Fidalgo de la Rosa

Chateau des ducs de Bretagne – Musée d’histoire de Nantes, Alain Guillard

Vamos a retrotraernos a otra realidad. Una realidad que en ocasiones no parece tan diferente a la nuestra. Desde el siglo XV hasta bien entrado el siglo XIX, el comercio de esclavos —y por tanto la esclavitud— fue una constante en el triángulo que forman los países europeos y sus respectivas colonias en el continente africano y americano. El interés internacional se centraba en las posibles exportaciones del nuevo mundo: el nuevo reto colonizador. El continente que en siglos previos fue visto como fuente de riqueza, se convertía ahora en una nueva mina; los recursos explotados en este caso serían las propias personas: daba comienzo (o se impulsaba, mejor dicho) el comercio de esclavos. Con el desarrollo de las grandes explotaciones en América, como las plantaciones de caña de azúcar, se hacía necesario contar con mano de obra que se encargase de esta incesante y ardua tarea. Siendo una expresión más de la despersonalización africana, que se convertía en la tercera etapa del nuevo orden de comercio global: Comercio triangular, en el que bienes materiales se enviaban desde Europa a África, y desde aquí partían esclavos hacia América, que permitían la producción de materias primas que eran exportadas a Europa.

Pero, ¿cómo se crea esta lógica? Era obvio que era menos costoso obtener esclavos en Europa y saltarse el paso intermedio de intercambio en África, lejos del poder político, económico y militar existente en Europa. El que esta opción no fuera considerada seriamente plantea una cuestión fundamental: ¿Quién podía ser esclavo? Cada sociedad ponía una excusa para justificar su respuesta. El comercio de esclavos fue así el producto de diferencias en la construcción de la identidad social y la tecnología transatlántica que puso súbitamente en contacto unas con otras las sociedades del Atlántico´ (David Eltis. Emory University- 2007) pasando por explicaciones que parecen incluso defender el uso de la población Africana como esclava (…Africans, on the other hand, possessed the required immunities´- Liverpool Museum: The archeology of Slavery) Sin embargo, esta nueva actividad comercial se puede analizar desde un doble sentido: se establecen las bases del racismo que permiten considerar a los africanos como personas de otra categoría, y que por ello podrían ser sometidos y comprados a un precio menor en las relaciones internacionales, y por medio de los incentivos económicos para las élites africanas esclavistas, se crea el caldo de cultivo perfecto para el crecimiento de las diferencias tribales y étnicas, que tanta influencia tienen en el desarrollo posterior de algunos países.

Esto tuvo diferentes impactos en cada población esclavizada. Me gustaría centrar este ensayo en lo acontecido en el actual país de Benín. Convirtámonos en uno de los muchos esclavos y esclavas que siguieron esta ruta. Arrancados de nuestro lugar de origen, llegamos a la ciudad de Ouidah. La economía de esta zona comenzó a verse manchada por esta nueva dinámica, creándose la figura de grandes esclavistas asentados en estas costas y favorecidos por los reyes de la antigua Abomey. Aquí es donde, en la plaza Chacha, los extranjeros, alojados en alguno de los 5 fuertes que llegó a tener la ciudad (el fuerte belga, el danés, el inglés, el francés y el portugués) procedían a tu compra, pasabas a cargo del mejor postor. A continuación, tu nuevo propietario te llevaba, junto con tus nuevos compañeros/as de viaje, al lugar donde eras marcado a fuego: ahora tenías otro nombre, un número…se comienza a borrar tu pasado. Aún dolorida por tu nuevo bautizo llegas al Árbol del olvido, donde, tras realizar la tradición, dando 9 vueltas al mismo si eres hombre o 7 si eres mujer, oficialmente queda borrado cualquier rastro de tu antigua historia.

Y así, recién nacido, alcanzas la que será tu cárcel durante los siguientes meses: la Casa Zomai (donde la luz o el fuego no llegan). Este lugar será tu escuela: aprenderás a convivir en la oscuridad hacinado con el resto de aprendices de esclavo, a comer pan y agua una vez al día y cómo este camino sólo lo superan los más fuertes (los que no iban a parar a la Zoungbodji o fosa común) Si has superado todas estas pruebas llegamos al lugar donde en la actualidad se erige la Puerta de no Retorno (1922) donde te espera un barco para llevarte al `nuevo mundo´.

Esta ruta, que dio origen al proyecto de la UNESCO `La Ruta del Esclavo´ que comentaremos a continuación, fue durante casi dos siglos (desde 1670 hasta mediados del siglo XIX) el principal puerto de embarque de esclavos en África Occidental con destino a América. Para entender la importancia de esta zona como ruta comercial debemos pensar en diversos factores: por un lado, su situación geográfica, cercana al litoral, así como su situación sociopolítica. Se estima que en el país se exportaron hasta 20 mil esclavos anuales en el siglo XVIII y 12 mil anuales en el siglo XIX hasta 1820.

Los orígenes de Dahomey pueden ser trazados a partir de un grupo adjá (aja) del reino costero de Allada (Reino de Adra o de los Ardres). Según la tradición, el rey Kokpon de Allada tuvo tres hijos: Meji, Té Agbanlin y Gangnihessou o Ganixësu. Después de una disputa sucesoria hacia 1625, el primero sucedió a su padre como rey de Gran Ardra, mientras que Té Agbanlin partió hacia el sur, donde fundó Adjatché (que posteriormente fue bautizado como Porto Novo por los comerciantes portugueses), y Gangnihessou se dirigió al norte para establecerse en Abomey, núcleo del futuro reino de Dahomey. El nombre de Dahomey, Abomey o Abomé hace referencia a un fuerte que en fon se denomina agbomé. En Abomey o Dahomey se organizó un reino fuertemente centralizado y apoyado por un ejército profesional. A lo largo de los años, los adjas se fueron mezclándose con la población autóctona, dando origen al grupo étnico hoy conocido como fon o dahomey. A lo largo del siglo XVIII, la principal actividad económica de Dahomey era el comercio de esclavos, que capturaban en sus incursiones contra las poblaciones vecinas y luego vendían a los tratantes europeos.

Tras la llegada de la colonia francesa se implantó aquí el primer fuerte europeo (1671), que fue rápidamente seguido por ingleses y portugueses, potenciándose el existente comercio de esclavos que tenía ya lugar en esta región. Hasta 1727 Ouidah no era más que el puerto de un reino independiente (Dahomey), que vio la clave para solucionar sus pretensiones expansionistas en esta nueva actividad comercial: el comercio transatlántico de esclavos con destino a América. Todo esto llegó a su máximo esplendor en 1818, cuando Ghézo accedió al poder, mediante el primer golpe de estado que tuvo lugar en esta región, y apoyado por la complicidad de un famoso traficante de esclavos brasileño: Félix de Souza. Como agradecimiento a su incondicional lealtad, se le otorgó el título de `Chacha´, convirtiéndose en el principal organizador del comercio de esclavos en esta región, así como en el intermediario entre Europa y el rey de Abomey. Centro neurálgico de esta nueva red transatlántica, Ouidah adquirió además un papel de nexo esencial, donde las diferentes poblaciones entraban en contacto y tuvo lugar todo tipo de mestizaje: esclavos fon, yoruba, haoussa, esclavistas europeos, intermediarios portugueses y brasileños…crearon un magma de diversidad cultural, al que se sumaron rápidamente los «retornados» de Brasil. Prueba de esto la obtenemos en tradiciones actuales que implican el vudú, nacido originariamente en esta zona del actual país beninés, y que están presentes en varios países latinoamericanos como Haití.

El vudú se convirtió en el lazo de unión entre la comunidad de esclavos afrodescendientes, que ahora se encontraban con una cultura muy diferente a la suya. Encontraban en esta práctica espacios de reunión donde socializar entre iguales, llegando a suponer un acto de rebeldía, ya que en Haití llego a estar prohibido, sancionando a los colonos cuyos esclavos acudían. Es en este entorno de debate y reflexión dónde empiezan a surgir pretensiones revolucionarias de alzarse contra los esclavistas. Comienzan a pasar del pensamiento a la acción, precedidos siempre de diferentes ritos protectores. Como dice Romero Amaya: `El vudú considerado como la herramienta de la conspiración, logró reunir a prácticamente todos los esclavos de ascendencia africana bajo una misma creencia y un conjunto de prácticas rituales que los mantenía relacionados, quizás constituyéndose como la fuerza más cohesionada que los blancos debían suprimir´.

A modo de conclusión, me gustaría terminar mencionando brevemente el proyecto de la UNESCO introducido anteriormente. Bajo el nombre: “La Ruta del Esclavo: resistencia, libertad, patrimonio” este proyecto creado en 1994 en Ouidah pretende `contribuir a una mejor comprensión de las causas y modalidades de funcionamiento de la esclavitud y la trata negrera, así como de las problemáticas y consecuencias de la esclavitud en el mundo (África, Europa, Américas, Caribe, Océano Índico, Oriente Medio y Asia); Evidenciar las transformaciones globales y las interacciones culturales derivadas de esta historia; Contribuir a una cultura de paz propiciando la reflexión sobre el pluralismo cultural, el diálogo intercultural y la construcción de nuevas identidades y ciudadanías´ A través de diversas publicaciones y contenidos educativos, consigue mantener en los debates actuales el impacto de la esclavitud en las diferentes culturas, promoviendo la investigación de esta etapa histórica tan incómoda.

Formas de resistencia cultural: los fang en la Guinea Española

Luis Pérez Armiño

La delimitación cronológica de la presencia colonial de España en la región ecuatorial de África depende de las fuentes que empleemos. Desde el punto de vista meramente documental, podríamos situar su origen en 1778, cuando los reinos de España y Portugal firman los Tratados de San Ildefonso y de El Pardo. Por estos acuerdos, Portugal cede a España una serie de territorios en el golfo de Guinea, además de la isla de Fernando Poo, la actual Bioko. Sin embargo, la presencia efectiva de los españoles en estos territorios es más tardía. Prácticamente, si nos referimos al territorio de Fernando Poo, debemos remitirnos a mediados del siglo XIX, cuando los españoles hacen efectiva su ocupación de la isla, en respuesta a las presiones británicas para hacerse con este territorio. Respecto al territorio continental, los españoles deciden su ocupación y explotación comenzado el siglo XX. El final de la presencia colonial española se da con la independencia de la República de Guinea Ecuatorial, celebrada solemnemente el 12 de octubre de 1968.

Guinea Ecuatorial, en cierto modo, ha ocupado un interés marginal en el ámbito académico español, situación que está siendo corregida en los últimos tiempos. Las primeras referencias son las crónicas de los exploradores y viajeros, que recorrieron la colonia entre finales del siglo XIX y principios del XX. Viajes, que, con supuesto carácter científico, estaban patrocinados por instituciones privadas y que buscaban describir la potencialidad económica de las posesiones africanas, más después del desastre colonial de 1898. En este contexto, los trabajos de Günter Tessmann, sobre los fang (publicado en 1913) y sobre los bubis (en 1923), ofrecen las primeras noticias de carácter etnográfico sobre estos grupos. El interés científico por la Guinea Española se incrementa después de la guerra civil y en relación con la política exterior del nuevo régimen franquista. En este contexto, podemos destacar los trabajos patrocinados por el Instituto de Estudios Africanos (IDEA), creado en 1945, por un decreto publicado el 28 de junio en el Boletín Oficial del Estado (BOE). Bajo una supuesta intención científica, el fin último de los trabajos de IDEA no era otro que rentabilizar el aprovechamiento económico de la colonia. Habría que esperar a la independencia del país y la llegada de la democracia en España para que el panorama cambiase, y se fuese generando un corpus bibliográfico en torno a muy diferentes facetas de los territorios de Guinea Ecuatorial.

En líneas generales, la literatura generada en torno a la colonia española de la actual Guinea Ecuatorial ha transitado entre dos posturas. Por un lado, todas aquellas obras, que han recuperado el papel ejercido por la administración colonial española. Durante años, dominó la idea de la bonanza asociada a los territorios ecuatoguineanos, gracias al tesón de los colonos, dedicados a los cultivos de exportación, especialmente el cacao. Ejemplo de este tipo de investigaciones es el amplio estudio publicado por Sial y Casa de África en 2014 con el explícito título de Aquel negrito del África tropical. El colonialismo español en Guinea (1778 – 1968), obra de Fernando Ballano Gonzalo. En general, se trata de trabajos en los que es fácil percibir una cierta nostalgia, y que insisten en el desarrollo económico de la colonia, en relación con la metrópolis; o en las diferentes fases administrativas por las que pasa este territorio, que llegó a ser provincia española. De hecho, los territorios ecuatoguineanos fueron los únicos capaces de organizar unas elecciones democráticas bajo el auspicio de un régimen dictatorial.

Han surgido visiones revisionistas, que tratan de desentrañar todos los resortes del sistema colonial español, denunciando sus abusos y sus deficiencias. Uno de los escritores más destacados es el antropólogo catalán Gustau Nerín, con una amplia producción publicada, entre los que destacan títulos como La última selva de España. Antropófagos, misioneros y guardias civiles (Los libros de la Catarata, 2010), Un guardia civil en la selva (Ariel, 2007) o Guinea Ecuatorial, historia en blanco y negro (Ediciones Península, 1998), entre otros muchos artículos y referencias académicas. En la mayoría de estos casos, desde distintas perspectivas y con una postura crítica, se cuestiona la acción colonial española. En la misma línea, por situar otro ejemplo, podemos citar la exposición Ikunde. Barcelona, metrópoli colonial, que tuvo lugar en el Museu de las Culturas del Mon, en Barcelona, entre junio de 2016 y febrero de 2017. A partir de la historia de Copito de Nieve, el famoso gorila albino del zoo barcelonés, se realiza un análisis detenido del papel de Barcelona en la explotación colonial de los territorios ecuatoguineanos.

Desde una perspectiva antropológica, sí que me gustaría destacar la labor investigadora desarrollada desde la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Me refiero a las Jornadas de Antropología de Guinea Ecuatorial, celebradas por primera vez en la ciudad de Bata, en 2008, y de las que hasta el momento se han celebrado hasta cuatro ediciones. En este mismo ámbito académico, Raúl Sánchez Molina publicó en 2011 El pamue imaginado, obra fundamental para comprender la visión española de los territorios de la Guinea Española, o los trabajos etnográficos de Íñigo de Aranzadi o Isabel de Aranzadi, por solo citar algunos ejemplos.

Podemos afirmar que existe un imaginario en torno a la colonización española de Guinea Ecuatorial, que afirma el papel benefactor de la presencia española en la región. Se asume que la administración colonial española fue capaz de generar una estructura económica, sobre la base del cacao, con una altísima productividad. La exportación de cacao, con un fuerte intervencionismo estatal, favoreció el crecimiento económico de la colonia, en unos niveles comparables a los de la economía peninsular. Pero bajo este relato tan propio del colonialismo paternalista desarrollado por las potencias europeas que intervinieron en el continente africano, la investigación descubre una realidad distinta. La presencia española en la región del golfo de Guinea no se resolvió como una pacífica implantación de un sistema productivo altamente rentable. El colonialismo español se enfrentó a numerosas contradicciones, y debe asumir muchos de los errores asociados a los regímenes coloniales que se implantan en el continente a principios del siglo XX. Además, hay que considerar las peculiares características del colonialismo español en la región ecuatorial africana: frente al valor simbólico de las posesiones en el norte de África, sobre todo relacionadas con la élite militar, las autoridades metropolitanas españolas mostraron un casi absoluto desinterés por los asuntos ecuatoguineanos. Solo el régimen franquista avivó el interés por la Guinea Española, siempre condicionado por el beneficio económico.

El territorio actual de Guinea Ecuatorial ofrece un panorama multiétnico, con dos grandes regiones: la isla de Bioko, con capital en Malabo, la antigua Santa Isabel de la colonia española; y la región continental, con capital administrativa en Bata. En la actualidad, la constitución ecuatoguineana reconoce cinco grupos culturales. La isla de Bioko se encontraba habitada por los bubis. En el continente, la franja litoral estaba poblada por los grupos que los españoles denominaban “playeros”, y que incluían a diversos grupos, junto con los fang que habitaban el territorio interior, en desplazamiento de tipo semi nómada hacia las costas. Este panorama se completaba con la presencia de los fernandinos en la isla de Bioko, descendientes de esclavos liberados y que constituían la élite de la isla, evidentemente junto con los colonos españoles. Por último, en la isla de Annobón, único territorio ecuatoguineano en el hemisferio sur, habitaban los annobenses, en muchos casos descendientes de esclavos emancipados, y que hablaban un dialecto criollo portugués.

El proceso colonizador español en Guinea Ecuatorial estuvo protagonizado por los misioneros, principales terratenientes de la colonia, junto con diversas empresas de particulares. El interés español por este territorio se resumió en el cultivo del cacao y en la explotación maderera del interior del país. La colonización se desarrolló en dos periodos. El primero de ellos asentó la presencia española en la isla de Fernando Poo, estableciendo una capital administrativa en la ciudad de Santa Isabel, hoy Malabo. En un momento posterior, se inició la colonización de los territorios en torno al río Muni. Según el acuerdo establecido con Portugal a finales del siglo XVIII, los territorios concedidos a la corona española eran más extensos. Sin embargo, la presión de las potencias coloniales, especialmente de Alemania al norte, en Camerún, y de Francia en el sur, en Gabón, redujeron de forma considerable el territorio de la colonia española en el continente.

Frente a la idea de una expansión colonial sin apenas resistencia, la investigación ha resaltado que los habitantes de los territorios ecuatoguineanos ofrecieron diversas estrategias de resistencia. El trabajo desarrollado por Nuria Fernández Moreno (2004) demuestra que los bubis reaccionaron ante la presencia española, retirándose a territorios difícilmente accesibles, y definiendo una estructura jerárquica que favoreció la centralización del poder en la figura de un monarca. De hecho, la actual denominación de la capital de la república ecuatoguineana toma el nombre de uno de estos monarcas, Malabo. El rey bubi estaba sometido a una serie de prescripciones de carácter religioso, entre las que podríamos destacar la prohibición de mostrarse ante hombres blancos. De hecho, en el idioma bubi el término mukara designaba al «demonio blanco». Es difícil precisar la entidad de estos enfrentamientos, y su consideración está condicionada por nuestra percepción del enfrentamiento bélico. Para la visión europea, la resistencia bubi adquirió forma de escaramuzas, que se resolvían prácticamente con unos pocos disparos al aire y que se saldaron con un escaso número de bajas. Sin embargo, desde la perspectiva bubi, es fácil comprender el impacto que suponía enfrentarse a los destacamentos españoles, por muy mal perpetrados que estuviesen (Pérez Armiño, 2018).

Los colonos españoles en la isla denunciaban el escaso interés de los bubis por el trabajo. Les sorprendía que solo desarrollasen aquellas actividades que les asegurasen el sustento básico, y no realizasen esfuerzos por incrementar sus posesiones. La legislación colonial reconoció este hecho, facilitando la posesión de terrenos a la población bubi, que podían ser trabajados para su propio beneficio. Sin embargo, la falta de mano de obra se convirtió rápidamente en un grave problema para la actividad de las plantaciones de cacao de la isla. Los administradores españoles recurrieron a diversas estrategias para atraer mano de obra a la isla, mucha de ella procedente de Nigeria o de Sierra Leona. Las duras condiciones de trabajo, en un régimen casi de semi – esclavitud, son evidentes al comprobar los litigios que las autoridades británicas españolas emprendieron contra las españolas. A pesar de los acuerdos con las autoridades coloniales británicas, por los que se proporcionaba abundante mano de obra para trabajar en las plantaciones de cacao de la isla, la falta de trabajadores fue un problema recurrente, que amenazaba toda la estructura económica de la colonia.

Para paliar esta situación, las autoridades españolas decidieron afianzar su presencia en el territorio colonial. La región estaba poblada por los fang. Este grupo seminómada era considerado por los españoles como más feroz y propenso a la guerra. Incluso, los consideraban más cercanos a la condición de los blancos, por sus capacidades físicas y su carácter guerrero. Los fang habitaban pequeñas unidades de producción, que explotaban el territorio circundante por un sistema de tala y quema, que agotaba rápidamente la tierra, lo que les obligaba a trasladarse de forma periódica. Este movimiento poblacional, evidentemente, generaba tensiones con grupos asentados en la región.

Los españoles, a medida que se asentaban en la región continental mediante la firma de acuerdos con los jefes locales, establecieron un sistema de reclutamiento. Entre los fang, la dote es fundamental para comprender el sistema matrimonial y social. La riqueza de un hombre se medía por el número de mujeres que podía llegar a tener, las que al fin y al cabo se encargaban del trabajo agrícola. Los colonos facilitaban a los hombres el dinero suficiente para poder cubrir esa dote, a cambio de prestaciones personales de trabajo en las plantaciones de la isla. La consecuencia lógica de este sistema de recluta fue la alteración radical de las bases económicas y sociales de los fang: la introducción de la economía monetaria (el dinero de la dote frente al «dinero para todo uso»), la extensión de los cultivos de exportación frente a los de subsistencia de los fang, apartando a las mujeres de las tareas agrícolas, el traslado masivo de hombres desde el continente a la isla de Fernando Poo, donde trabajan en unas condiciones durísimas. En el sistema de reclutamiento se implicó todo el sistema colonial español, incluyendo toda la estructura misionera y las autoridades militares y civiles de la isla, como ya ha descrito Gustau Nerín (2008).

La imagen de la ocupación del territorio como el resultado de negociaciones entre los colonos españoles y aquellos que consideraban jefes de los grupos locales debe completarse con las lógicas resistencias, que en ocasiones resultaron en forma de escaramuzas. Sin embargo, hay que considerar que el control militar del territorio correspondía a una guardia colonial escasa y peor equipada, dispuesta a lo largo de diferentes puestos de guardia en todo el territorio. Más preocupada por mantener la integridad fronteriza de la colonia que el régimen interno. Sin embargo, debemos considerar dos formas peculiares de resistencia.

Los estudios culturales han demostrado que en diversos territorios de África los grupos locales desarrollaron un determinado tipo de danzas destinadas a burlarse de los colonos blancos. Se trataba de puestas en escenas, que, a ojos de los colonos, eran representaciones rituales. Desde una perspectiva etnocéntrica, las autoridades coloniales otorgaban a estos rituales un significado religioso, ajeno a la verdadera intención de la mascarada. En las colonias francesas, por ejemplo, no eran infrecuentes las máscaras que trataban de imitar el rostro de Charles de Gaulle. La Guinea Española no fue ajena a este fenómeno.

La máscara ngontang es un tocado utilizado por los fang. Se caracteriza por ser una máscara trifaz, con la representación de tres rostros. En el Museo Nacional de Antropología, en Madrid, se conserva en muy buen estado de conservación una máscara de este tipo (CE11058). La máscara formaba parte de una amplia colección de objetos y materiales recolectados por la expedición patrocinada por el IDEA en 1948, que tenía como objetivo la formación de colecciones, que deberían ingresar en el Museo de África. En la máscara, llama poderosamente la similitud de los tres rostros representados, con un blanco intenso, y unos grandes ojos. La nariz, recta y pronunciada, destaca sobre un pequeño bigote negro. El rostro también tiene el pelo negro, con un característico peinado con raya al lado. Durante algún tiempo, se consideró que esta máscara estaba relacionada con algún tipo de ritual funerario, que mediaba la conexión con los espíritus de los difuntos que visitaban el mundo de los vivos. Precisamente, el color blanco era el que se asociaba con el mundo funerario. Sin embargo, la investigación ha demostrado un uso totalmente diferente. Los fang utilizaban estas máscaras para imitar a los colonos blancos, burlándose de ellos e imitando en los bailes sus gestos. En cierta manera, podemos interpretar la máscara como un elemento fundamental, que materializa una peculiar forma de resistencia a la dominación colonial mediante la burla y la ironía. Sobre esta máscara, es interesante mencionar «Representación del hombre blanco en las danzas fang de Guinea Ecuatorial y Gabón. Fronteras coloniales invisibles», que presentó Isabel de Aranzadi en el V Seminario Internacional del Centro de Estudio Afro Hispánicos, de la UNED, dedicado a 50 años de independencia de Guinea Ecuatorial, y que tuvo lugar en Madrid entre los días 2 y 13 de julio de 2018.

Por último, es necesario mencionar una forma de sincretismo religioso, el bwiti, y que tuvo predicación entre la población fang, y que fue percibido y perseguido por las autoridades coloniales españolas como una forma de resistencia indígena. El bwiti tomaba elementos de los cultos católicos junto con otros asociados a las creencias fang. En estas prácticas podemos distinguir la visión nativa del culto frente a un imaginario desarrollado por los españoles para desacreditar estas prácticas y minar cualquier forma de resistencia a su autoridad. En el culto bwiti es fundamental el consumo de la corteza de la raíz de la iboga, con poderosos efectos alucinógenos, que facilitaban la visión y adquisición de una serie de conocimientos fundamentales tanto para el iniciado como para la comunidad a la que pertenece. Las autoridades españolas persiguieron duramente este culto, especialmente en el periodo posterior a la guerra civil, al asociarlo con los movimientos que defendían la independencia de la colonia. Difundieron que el canibalismo formaba parte fundamental del ritual, lo que justificó las condenas a muerte de algunos de sus practicantes. El bwiti puede interpretarse como otra forma de resistencia cultural, que pretendía preservar determinados elementos de los cultos fang a los antepasados, frente a la imposición del catolicismo fruto de la intensa actividad misionera en la colonia.

Así, frente a las visiones idílicas de un modelo colonial ejemplar, esgrimidas frente a las presiones ejercidas por las Naciones Unidas que exigían el desmantelamiento del sistema colonial español en África, tanto las máscaras ngontang como la adopción de los cultos bwiti nos sitúan ante determinadas prácticas de resistencia frente a la autoridad colonial. Finalmente, el proceso de descolonización culminaría en 1968, cuando Guinea Ecuatorial accede a su independencia, escribiendo a partir de entonces el relato de su historia más reciente marcada por la sucesión de dos regímenes dictatoriales.

Un arte ¿primitivo? Algunas precisiones al respecto de las artes tradicionales del África Subsahariana y su implicación en la Modernidad

Alfonso Gilsanz Calvo

Gemelos Mambila. Escultura en el Museo de Arte Africano de Valladolid. Autor: Pablo Arconada.

La asociación de la religión animista con lo «bárbaro-barbaroi» (“extranjero” en sentido etimológico del griego clásico) posee un enorme cariz colonial que mucho tiende a deber de la imagen u otredad con la que se ha entendido al cuerpo-africano-barbaroi; y digo «cuerpo-africano» ya que la estereotipación de la persona de que vive en África es, por todos cuantos participamos en este curso, presumiblemente entendida como colonial y reduccionista; cuyo único fin no es más que caracterizar a través del cuerpo como sujeto o sujeto como cuerpo, a un espacio geográfico cada vez más entendido por discursos céntricos, locales y aquellos encontrados “entremedias”. Esto también sería interesante leerlo desde el punto de vista artístico, ya que la historiografía siempre ha tildado al arte africano (tal como se hacía en la segunda mitad del siglo XIX y XX) como “arte puro” o “arte etnológico” privándolo en cierta manera del concepto de Arte-Genio, constructo asociado sólo a lo occidental y Moderno (véase el sentido de Modernidad). Con todo ¿es posible estudiar la producción artística de las culturas subsaharianas que profesan estos cultos “animistas” desde un enfoque que no resalte la manida solución del «buen salvaje» basándose en la deconstrucción del hombre blanco caucásico y heterosexual, y enfatice otros aspectos como la forma, la técnica e incluso asigne el paradigma de “genio”, «escuela / taller» e incluso «Edad dorada»? ¿es posible hacer otra historia del arte para las formas producidas y conservadas al continente africano?

Incidir en la importancia de la revisión historiográfica a la luz de nuevos debates y planteamientos decoloniales; esta cuestión nos permite reconocer al objeto como manifestación física y conceptual, el cual, es activado por la mirada de un sujeto-conocedor que le otorga una posición determinada en el plano de la realidad. A partir de esta forma de conocimiento, comprobamos que los usos y funciones de dichos artefactos se convierten en toda una serie de construcciones culturales que no hacen sino activarse y desactivarse en función de aquellos que ejercen sobre su superficie dicha actividad de «mirar» y vincular materialidad con identidad. En este sentido, pretendemos aproximar sucintamente la problemática de esa mirada-mirante a la hora de aproximarnos al “arte africano” de tal forma que los datos que comprenderemos lo perverso de la mirada, y cuán perjudicial resulta la lectura colonialista, todavía vigente a día de hoy en muchos espacios.

El interés del hombre por mirar al otro forma parte de la Historia. En la obra El espejo de Heródoto: ensayo sobre la representación del otro (1980) escrita por François Hartog, el gran historiador griego nos habla de los escitas como “el otro” por excelencia. Será en el libro IV donde más describirá a ese “otro”, hablando de las costumbres y las fisionomías escitas como formas bárbaras; son muchos los detalles de cómo Heródoto describe las formas de una cultura ajena, introduciéndonos en un estudio antropológico. De este escrito habremos de comprender la siguiente máxima: nosotros nos fijamos en el otro para poder entendernos y describirnos a nosotros mismos. el conocimiento del otro nos permite limitar nuestra identidad/alteridad. La descripción del otro será planteada como una manera de atribuir los rasgos que no me definen para así conceptualizarme a mí mismo desde lo que deseo no-ser. Normalmente, estos juicios se emiten desde entidades culturales y no individuales. La identidad de esos “Otros” cristaliza en espejos en los que mirarnos para construirnos en proceso deductivo: sociedad-sujeto.

El otro está definido en el yo. Se habla de la dualidad (self = comunidad que mira) y el otro. En esta tesitura enjuiciadora podemos clasificar la alteridad mediante la descripción física: apariencia, color de la piel, la lengua y la forma de comunicación, el comportamiento y/o costumbres (costumbres culinarias, atavío, religión, desviaciones sexuales, etc.) la norma o self que a nosotros nos interesa es la científica-ilustrada. Es decir, la imagen del otro va más allá de las cuestiones de credo, aunque íntimamente ligada a esta. Será en el siglo XVIII cuando comience a fraguarse el concepto de “primitivo” y que no verá sus frutos más efectivos hasta el siglo XIX, con el colonialismo y el nacimiento de dos disciplinas científicas fundamentales: la Antropología y la Etnografía. A través de estas herramientas, Occidente comenzó a aproximarse al otro-negro-africano desde una perspectiva experimental y absolutamente paternalista. Hacia 1978 se publica la obra Orientalismo escrita por Edward W. Said, la cual marca un antes y un después en los estudios de la otredad donde se pone en cuestión los bandos este-oeste y cómo el posicionamiento superior de un grupo sobre otro legitima la cosmología colonialista y de ahí los mecanismos reales que se deducen del mismo.

Por “Estilo”, el Diccionario de términos artísticos (Bango, et.al. 2017), indica: “Conjunto de características originales y permanentes de un artista, una escuela , una época, zona geográfica, etc…, que permite su identificación y diferenciación respecto a otros” (p.272). En este caso, debemos identificar el comienzo del término “arte primitivo” hacia finales del siglo XIX con la idea de plantear los orígenes del Arte (recordemos que los inicios de dicha disciplina también se encuentran en esas cronologías), por ello nos encontraremos con los nombres de antropólogos e historiadores cuya misión se centró en calificar de “arte” a aquello que hasta entonces se había identificado como “objetos etnográficos”. Esto implicó que a medida que fue avanzando el siglo XX nos iremos encontrando con una depuración en las formas y la terminología aplicada, sobre todo en la década de los sesenta, momento en el que fruto de las “descolonizaciones”, el término “primitivo” comenzó a ser cuestionado y los museos como el del Trocadero de París o el Etnográfico de Nueva York, se vieron en la necesidad desaparecer y trasladar sus colecciones, en el caso del museo neoyorkino, al museo Metropolitano, resignificando así los fondos bajo el título de “Arte de África y del Pacífico”, empleando en este caso una categoría basada en la multiculturalidad y diversidad de los pueblos: es decir, se pasa del museo etnográfico al museo artístico, un verdadero avance en la descolonización de los mecanismos de conocimiento instaurados en el siglo XIX. Concretamente, será entre 1985 y 1999 cuando el término primitivismo sea objeto de una intensa crítica de corte decolonial y tildado de “eurocéntrico”.

Hemos de recordar que una de las cuestiones más controvertidas de los primeros defensores del “arte africano” fue la homogeneidad que le daban al término, un proceso cognoscitivo de gran carga colonial. En Primitivism in Modern Art (1986), R. Goldwater, infiere que: “[…] El primitivismo no es el nombre de un determinado periodo o escuela de la historia de la pintura que pueda ser descrito con una serie de características distintivas y objetivas cerrada, sino que al igual que el romanticismo, el primitivismo es una “actitud productiva del arte”. (López, 2018., p.38).

Ese primitivismo permitió a los artistas de comienzos del siglo XX adoptar una actitud de repulsa a esa Modernidad que no era sino el fantasma del pasado colonial que había construido el arquetipo de otredad desde el siglo XVII. En este sentido, artistas como Vlaminck, Matisse, Brancusi, Picasso, Derain, Klee, etc. se apoyarán en estos artefactos estéticos como baluarte desde el que defender un arcádico inicio, origen o nuevo centro, desde el que partir hacia la construcción de una nueva mirada; esto entroncaría a la perfección con la intencionalidad artística de estos momentos, entendida como Vanguardia, donde se quebró por completo la concepción de la figuración con la invención de la fotografía, y comenzando una nueva búsqueda en la concepción del propio Arte. Lo africano, comenzó siendo objeto de fetichización para finalmente acabar interrelacionándose con la cultura visual occidental y apagar muchas de esas incógnitas misteriosas hacia finales de la pasada centuria. Casi podríamos decir que los responsables de la valorización del arte africano en su más amplia extensión como arte en sí mismo podrían ser estos artistas de comienzos del siglo XX, entre los que se encontraba el grupo de Dïe Bruke (“el puente”); no obstante, debemos entender que son fruto de su propio tiempo, y proyectaron sobre dichas composiciones cuanto el sistema ilustrado les había dicho que eran: el resultado de toda una serie de sociedades que no habían alcanzado ese nivel de “madurez de civilización/pueblo/sociedad”, relegando sus producciones a una lectura supersticiosa y alejada de la razón como ente que estructura la jerarquía colonialista desde sus más primeros inicios hasta la misma actualidad. Si bien contamos con la aportación de especialistas como Carl Einstein o Franz Boas, entre otros muchos, los estudios puramente desde la estética comenzaron en mayor número hacia la década de los noventa, de la mano de autores como Charles Harrison, Francis Frascina, Gillian Perry, etc.

El conocimiento de las manifestaciones estéticas africanas buscaba ese ideal del “buen salvaje” que revelase los orígenes del ser humano, perfecto para aquellos artistas de la vanguardia que buscaban los orígenes del individuo para (re)explorar conceptos tan elementales como el del propio Arte. Es decir, no existe tampoco un claro interés por conocer al artista detrás de la obra, sino aquello que realmente les llamaba la atención: la destrucción de la Modernidad y la vuelta al punto de partida de la humanidad (sabemos que el gremio de artistas poseyeron un importante papel en la sociedad, y de hecho conocemos los nombres de algunos de ellos como Ighue-Igha de Ife, Fakeye de Nigeria o el maestro de Bouaflé de Costa de Marfil). Existe lo que David López Rubiño, denomina como “elogio al desconocimiento” ya que “Arte primitivo” también engloba a las producciones de Oceanía, despojando así de todo interés las cuestiones locales, estilísticas, etc. priorizando ese cariz anti-moderno y participando de alguna forma en ese reduccionismo colonialista. Agustín Linares Pedrero en este línea, plantea una pregunta convente: “¿de qué estamos hablando cuando decimos que es tipo de arte es primitivo y qué queremos expresar cuando decimos que es arte? Dicho de otra forma ¿qué derecho tenemos para imponer estas etiquetas eurocéntricas a culturas no europeas? […] ¿qué opciones hay?” (2018, p.43). Se deduce, por tanto, que los determinismos que codifican nuestra mirada (educación, país de nacimiento, cultura visual, etc.) serán cruciales a la hora de entender estas otras culturas, algo que seguramente hagamos con hartas incorrecciones, imprecisiones e injusticias por razones obvias. Una idea que es tangencial en los estudios de Foucault o Estrella de Diego, la cuestión de la mirada que no puede dejar de mirar: la “mirada-mirante”.

Estas experiencias estéticas comenzaron a entrar en los circuitos occidentales desde el siglo XVI, momento en el que las campañas colonialistas llevaban a lasa cámaras de maravillas dichos artefactos, no obstante, será a partir del siglo XIX cuando entren de lleno en los sistemas de rapiña institucionales; nos referimos a los brutales expolios sufridos, por ejemplo en el palacio real de Benín hacia 1879, momento en el que el imperio británico confiscó 300 placas de bronce destinadas a sus museos nacionales, otros de potencias vecinas y coleccionistas privados. Las poblaciones locales africanas, vieron que los occidentales demandaban una serie de objetos que ellos empleaban en sus ritos sociales, por ello optaron por la construcción de dichos objetos destinados exclusivamente al comercio; es aquí cuando se plantea el debate ¿sólo le interesa a Europa las piezas del ritual como verdaderas obras de arte, pensando las creadas para comercio como artesanía? A este respecto, David López Rubiño, rescata las reflexiones de L. Shiner en su estudio “‘Primitive fakes’, ‘tourists art’ and the ideology of Authenticity” (1994):

“[…] L. Shiner analiza el carácter paradójico y contradictorio de los criterios que nos permiten delimitar y diferenciar el Arte africano auténtico (en tanto que “Arte”). Contradicción que, a su juicio, se hace palpable: (1º) cuando estalla la alarma (o surge la inquietud) entre nosotros sobre la presencia del denominado “Falso Arte Primitivo” y (2º) por el desprecio generalizado que envuelve el denominado “Arte para turistas” […] En su preocupación por preservar la “autenticidad tradicional”, el ambivalente discurso occidental opera aplicando una especie de “doble rasero” cuando selecciona estéticamente los artefactos de estas sociedades. Solo selecciona los objetos elaborados para ser usados en rituales comunales (ya sea de tipo religioso, mágico o social), solo este tipo de artefactos son dignos de ser “elevados” a la categoría de Arte. Pero, en cambio, aquellos que hayan sido elaborados para ser vendidos con el fin de ser apreciados visualmente (estéticamente) son calificados como falsos o como banales productos comerciales (arte para turistas) […] Lo interesante de esta situación (conceptualmente) es que las esculturas quew no inrtnentan ser Arte en el sentido de nuestra noción (ya que han sido producidoas como objetos funcionales) son consideraods Arte Primitivo (Auténtico); mientras que que las tallas realizadas con la intención de ser Arte en el sentido que nosotros le atribuimos normalmente a esa práctica […] son denominadas como denominadas o calificadas como falsificaciones (fakes) reducidad al estatus de simples artesanías comerciales […] En el contexto del Mercado del Arte Primitivo la distinción entre Arte y Artesanía se invierte paradójicamente: los artefactos utilitarios se elevan a la categoría de Arte y los no-utilitarios quedan relegados a la categoría de Artesanía” (2018, p.35-36).

Pintada entre la primavera y el verano del año 1907, se considera que el genio artístico de Picasso fue capaz de concebir una de las obras más importantes dentro de la Historia del Arte, considerada además como la obra responsable del movimiento al cual se adscribe el autor y junto a Georges Braque (1882-1963) constituye el representante por antonomasia de dicho movimiento pictórico de comienzos de siglo, el cubismo (1907-1914). Las señoritas de Avignon es una obra en la que los rostros que presentan las mujeres de los extremos derecho e izquierdo se encuentren influenciadas muy posiblemente por este tipo de arte tradicional africano subsahariano. Picasso, mostró un gran interés por este tipo de manifestaciones artísticas (las máscaras africanas) debido a su interés en la búsqueda de los orígenes del hombre (tendencia tan característica del origen de las vanguardias artísticas y que tanto clamor tuvieron gracias a nombres como Gauguin o el propio Cézanne). Citando al profesor José Jiménez, podemos concluir:

 “[…] No se trata, en absoluto, de renunciar a ellos [los objetos del arte “primitivo”], sino de proporcionar un nuevo marco categorial que profundice y enriquezca nuestra comprensión de los mismos. De entrada, es preciso insistir en la necesidad de evitar todo intento de generalización absoluta o abstracta de las formas y sus funciones, cualquier pretensión de alcanzar una síntesis, forzosamente genérica, de algo inexistente. Las formas y sus funciones se presentan dentro de una gran diversidad de contextos culturales, épocas y situaciones ambientes y de ahí sus diferencias de sentido […] “Más que una “historia” se trataría de esbozar un cuadro de manifestaciones antropológicas estructuralmente recurrentes, aunque diferenciadas en su particularidad, y que afectan a dimensiones cruciales de las culturas humanas” (1996, p.55).

Ruanda: el genocidio visible e ignorado

Ester Hernández Olive

El país africano de Ruanda vivió, en unos 100 días, una de las peores masacres de la historia reciente en 1994. Cien días que pudieron haberse evitado si se hubieran hecho caso de las alarmas en el país. Las consecuencias de ese mal ignorado por la comunidad internacional dejan en la actualidad a hijos nacidos de violaciones y exhumaciones en fosas comunes para recuperar los cadáveres de los asesinados en una guerra entre etnias que hoy en día se sigue trabajando para olvidar y perdonar.

El genocidio de población tutsi en Ruanda empezó en abril de 1994. El contexto de este grave conflicto tiene que ver en parte con el proceso de independencia de Ruanda. En 1959, el grupo étnico de los hutus derrocó al rey gobernante tutsi. Esto provocó que miles de tutsis fueran asesinados y una gran cantidad de personas, exiliadas a otros países vecinos. El hutu Juvénal Habyarimana llega a la presidencia de Ruanda mediante un golpe de estado en 1973. En 1990, el Frente Patriótico Ruandés (FPR) formado por hijos de exiliados tutsi, lanza un ataque contra Ruanda desde Uganda. Esto provocó más tensiones entre ambas etnias dentro del país y el presidente Juvénal firma los acuerdos de paz de Arusha 1993 con las guerrillas del Frente Patriótico Ruandés. Sin embargo, hubo problemas en cuanto a la aplicación de este acuerdo por la negativa de un sector del gobierno hutu.

El 6 de abril de 1994 hubo un atentado contra el avión en el que volaba el presidente ruandés Habyarimana y el de Burundi, Cyprien Ntayamira. Esa misma noche empezaron las primeras muertes y al día siguiente, la primera ministra de Ruanda, Agathe Uwiligiyimana así como diez soldados belgas de la ONU encargados de su protección fueron torturados y asesinados. Estas muertes aumentaron el odio de los hutus que comenzaron a asesinar a tutsis y a todo aquel que los defendiera. En aproximadamente 100 días, fueron asesinados 800.000 personas de etnia tutsi así como hutus moderados. Según los datos totales, se estima que un millón de personas fue asesinada, al menos 250.000 mujeres violadas, 95.000 niños ejecutados y unos 400.000 jóvenes huérfanos. También hubo miles de refugiados que huyeron a países vecinos como Burundi, Zaire (actual República Democrática del Congo) y Tanzania.

Fue en julio de ese mismo año cuando el FPR derrotó a las tropas hutus y tomó el control del país, finalizando así el genocidio. Se formó un gobierno presidido por Pasteur Bizimungo, de etnia hutu y Paul Kagame como vicepresidente, representante tutsi. En este contexto, la Organización de las Naciones Unidas patrocinó antes del genocidio, en 1993, la denominada Misión de Asistencia de las Naciones Unidas para Ruanda (UNAMIR) con el objetivo de implementar los acuerdos de paz de Arusha. Esta misión duraría hasta 1996 puesto que su duración y mandato tuvo que ser ajustado debido a los eventos que ocurrieron meses después, con el genocidio por parte de la comunidad hutu.

En un principio, la misión tenía como objetivos principales asistir para garantizar la seguridad de la capital, Kigali; controlar el cede de las hostilidades, incluyendo el establecimiento de una zona desmilitarizada y procedimientos de desmovilización; controlar la situación durante el periodo final del mandato del gobierno; ayudar en la limpieza de minas y asistir en la coordinación de asistencia humanitaria. La respuesta internacional en cuanto al genocidio perpetrado por la etnia hutu contra tutsis, según muchos artículos sobre el tema, fue lenta y no suficiente en un principio. De hecho, las tropas belgas fueron retiradas del país debido a sus soldados asesinados junto a la primera ministra. Hicieron lo mismo otros países y el 21 de abril, la misión UNAMIR redujo sus efectivos. Se calcula que, de 2.500, solo quedaron unos 270 efectivos.

Así mismo, la ONU tardó en llamar por su nombre a la sangrienta matanza que estaba ocurriendo en el país. Los llamaba “actos de genocidio”, en vez de genocidio ya que ese matiz implicaba la no intervención de fuerzas para acabar con ello. No fue hasta 2014, 20 años después, cuando la ONU reconoció públicamente su tardía intervención y disculpándose con las víctimas del genocidio. No solo tuvo que ver la tardía respuesta de las Naciones Unidas. El Frente Patriótico Ruandés demandó en la ONU que no intervinieran sus tropas. A finales de junio, el Consejo de Seguridad de la ONU autorizó que Francia enviara ayuda humanitaria, bajo el nombre de Operación Turquesa, con la que se estableció una zona de protección humanitaria en el suroeste de Ruanda que terminó en agosto de 1994.

Como se ha indicado previamente, en julio las tropas del FPR tomaron el control de Ruanda y se comprometieron a declarar la paz y asegurar a la UNAMIR que cooperarían para que volvieran los refugiados ruandeses. Durante los siguientes meses al genocidio perpetrado, la comunidad internacional se volcó con Ruanda. Tras una estimación de los daños humanos causados en el genocidio, Naciones Unidas lanzó un llamamiento humanitario con el que se recaudó 762 millones de dólares para el país.

En cuanto a las culpas, un Comité de expertos creado por el Consejo de Seguridad de la ONU informó en septiembre que tenían evidencias claves para probar que sujetos hutus habían perpetrado actos de genocidio contra población tutsi. Un informe final se presentó en el Consejo de Seguridad en diciembre de ese año. UNAMIR siguió ofreciendo ayuda humanitaria, limpieza de minas o ayuda a refugiados a reasentarse en el país. Sin embargo, Ruanda pidió el fin de la ayuda de la misión, afirmando que no estaban respondiendo a las necesidades de la población. Finalmente, se atendió a la petición del país y la misión UNAMIR se marchó en marzo de 1996. Por otra parte, las donaciones para ayudar a la crisis humanitaria de Ruanda siguieron hasta llegar a los 617 millones de dólares para la reconstrucción del país.

Juicios del genocidio de Ruanda

El 8 de noviembre de 1994 el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas crea el Tribunal Penal Internacional para Ruanda (TPIR), ubicado en la ciudad tanzana de Arusha para juzgar los crímenes cometidos y procesar a los responsables del genocidio y otras violaciones en el territorio de Ruanda desde el 1 de enero al 31 de diciembre de 1994. El tribunal realizó sus primeras acusaciones en 1995 y los primeros juicios en 1997. El TPIR finalizó sus actividades en 2014, tras años retrasándose su cierre. Finalmente se condenó a 49 acusados a condenas de cárcel, 14 fueron absueltos, 10 transferidos a jurisdicciones nacionales, 9 no fueron juzgados y algunos fallecieron antes de ser condenados. Todos de etnia hutu.

En Ruanda se llevaron se juzgaron los crímenes cometidos en tribunales judiciales convencionales y tribunales comunitarios de justicia participativa llamados “Gacaca” que se formaron en 2001. Los tribunales Gacaca se implantaron como un sistema de justicia transnacional y que combinaba el derecho penal más moderno con procedimientos tradicionales. El funcionamiento era el de hacer participar a comunidades de personas responsables de elegir a aquellos que aprobarían las listas de personas sospechosas de haber participado en el genocidio. Tenían como objetivo aliviar la sobrecarga del sistema judicial y recuperar elementos de la justicia tradicional, así como hacer justicia, ayudar a los supervivientes del genocidio y sentar las bases para una reconciliación nacional.

Por otro lado, los tribunales Gacaca, fueron financiados por países europeos y contó con apoyo institucional. Aprobaron que se realizaran dos medidas esenciales: una de ellas contemplaba las indemnizaciones a las víctimas de genocidio. La otra medida era poner en marcha un programa permitiera que aquellos que infligieron daño a las comunidades, lo reparen para cumplir parte de su condena. Sin embargo, estas medidas no se llevaron a cabo lo rápido que se esperaba. Se puede concluir que estos tribunales tuvieron limitadas garantías procesales. Aunque hubo una aceptación por parte de la mayoría de los juicios rápidos con participación popular, se redujo el número de personas encarceladas y un mejor ambiente entre etnias, también se vieron notificadas violaciones al derecho de un juicio justo.

Respuesta tardía internacional

En 1999, la comunidad internacional y las Naciones Unidas seguían siendo acusadas de no haber prevenido el genocidio. En marzo de ese año, el Secretario General de la ONU, con la aprobación del Consejo de Seguridad, encargó una investigación independiente sobre las acciones de las Naciones Unidas y sus miembros durante el genocidio del país africano. En diciembre se publicaron los informes de la investigación. Se concluyó que el gran fracaso de la respuesta internacional fue la falta de recursos y voluntad política así como errores de apreciación de la envergadura de los acontecimientos en Ruanda. La investigación sirvió para que el secretario general, aceptara las conclusiones del informe y la voluntad de mejorar y aprender a prevenir o detener cualquier otra catástrofe internacional en el futuro.

El caso es que se ignoraron las alarmas que exponían los problemas que estaban por llegar en el país. Analistas políticos y miembros de Naciones Unidas redactaron informes sobre la situación que vivía Ruanda antes de que ocurriera el genocidio. Concretamente, el comandante de la misión UNAMIR, Romeo Dallaire advirtió a la ONU por medio de un fax en enero de 1994 en el que expresa que un alto cargo del grupo paramilitar Interahamwe le comunicó que los milicianos estaban preparados para matar a gente tutsi. También contaban con un gran arsenal de armas. La respuesta, firmada por el jefe de la misión de paz, Kofi Annan decía que se rechazaba cualquier tipo de operación “porque excede el mandato confiado a la UNAMIR”.

Medidas políticas después del genocidio

El gobierno presidido por Paul Kagame desde 2003 buscó borrar los recuerdos del genocidio en la población. Incluso se empezó a desechar la visión étnica de hutus o tutsis definiéndose, simplemente, como población ruandesa. En 2007 se creó la Comisión Nacional de Lucha contra el Genocidio con el objetivo de organizar una reflexión sobre el genocidio, las consecuencias de esta y estrategias para prevenir y erradicar. Sin embargo, no se puso en marcha. Sí lo hizo la Comisión Nacional por la Unidad y Reconciliación que sí buscó prevenir nuevos genocidios y promovió la convivencia entre etnias. También elaboró estrategias para superar el genocidio con educación cívica, movilizaciones de masas, conferencias y debates o lucha contra la pobreza.

Sin embargo, las víctimas tuvieron que aprender, de manera casi obligatoria, a vivir con los que fueron los perpetradores de los crímenes, algo que es difícil de llevar a cabo. Aunque hay declaraciones de personas que alegan que supieron perdonar a sus victimarios, no todos tienen la capacidad de ello y es difícil superarlo en poco tiempo.

Conclusiones

El de Ruanda fue un genocidio que pudo haberse evitado. A pesar de que la ONU proclamó el “nunca más”, el daño ya estaba hecho. Y fue un daño inútil en el que se perdieron miles de vidas en poco más de tres meses y aquellas personas que no murieron, fueron heridas, violadas o tuvieron que escapar de sus hogares. La construcción de paz en el país pudo ser mejor y más efectiva. Aparte de la tardanza en la que la comunidad internacional quiso intervenir, la población afectada no estuvo satisfecha con lo que llegaba porque no atendía a sus necesidades. La comunidad internacional ignoró un problema y no hizo nada por solucionarlo rápido. Ruanda y el genocidio que sufrió en 1994 hace cuestionar si esas misiones de paz son tan útiles cuando realmente se necesitan o si hay intereses políticos o de otro tipo que dificultan la consecución de estas misiones.